Tomada de la edición impresa del 02 de mayo del 2008

El derecho al placer

Mateo Martínez Abarca
Columnista invitado

En las últimas semanas se ha escuchado un rumor extraño en la Asamblea.


Es un rumor acuático, como de olas de mar que se agitan contantemente. Son voces femeninas que ahora exigen que se garantice en la Constitución algo que a nosotros los hombres nos parece impensable: el derecho al placer. Desde siempre la mujer ha recibido el estatus de objeto, de incubadora, muñeca de plástico o electrodoméstico, por lo que la historia de las mujeres no es precisamente un cuento de hadas. Con el nacimiento de la propiedad privada y el acontecimiento primigenio de la guerra, comienza no solamente el hecho de la esclavitud dentro en la historia de la humanidad, sino de manera más específica, la esclavitud sexual.

Aristóteles por ejemplo, sostiene que las mujeres se hallan por naturaleza un poco más arriba de los esclavos y los bueyes. El varón, cuya excelencia es la razón, es amo y propietario de todos estos “enseres” o “bienes muebles” que constituyen la familia. Con la llegada de las enseñanzas de Jesús, por un momento se abren esperanzas de una religión consecuente con quienes padecen: los humildes, los enfermos, los esclavos y, claro, las mujeres. No pasaría mucho tiempo hasta que Pablo o padres de la iglesia como Tertuliano, volvieran a colocarlas en el lugar de la exclusión frente a los hombres.

La mujer en la interpretación del cristianismo temprano lleva la culpa de haber ocasionado la expulsión del paraíso, por lo cual está condenada por mandato divino al dolor; y el matrimonio es el espacio donde debe cancelar su deuda. Más adelante, en la Edad Media, se realiza el primer avance tecnológico en materia de gestión del placer: el cinturón de castidad. La historia continuó después con la idealización de la cultura renacentista, y con la explotación triple en la modernidad industrial (como trabajadora fabril, trabajadora en el hogar ayudando a la reproducción de la fuerza de trabajo del hombre y además reproductora de nuevos trabajadores).

Los anteriores son ejemplos de cómo la mujer ha sido modelada de acuerdo a las necesidades masculinas de las épocas, negándosele siempre de la capacidad de sentir por sí misma, de tener autonomía en su vida y su cuerpo, sin la autorización de los hombres. La filósofa Judith Butler define la relación de esclavitud entre los hombres y las mujeres a través del siguiente imperativo: “Tú eres mi cuerpo por mí, pero no me hagas saber que el cuerpo que tú eres es mi cuerpo”. El placer es quizá el problema por excelencia de la política, la última frontera, la cereza del pastel.

Tiene que ver con la libertad, la igualdad, el cuerpo, la felicidad y el poder. Con este cambio en la Constitución, se intentará poner fin a las violaciones conyugales, porque ya no se podrá obligar a las mujeres a la relación sexual bajo la excusa del matrimonio. Yo como hombre, estoy muerto de miedo. Tendremos que respetar su libertad, reconocerlas como iguales y para colmo hasta hacerlas felices cuando ellas quieran. Seguro todo esto es el inicio de una revolución. Y ahora, ¿qué vamos a hacer?
 

 

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