Ciudades “caminables”
Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.
Por más licencias que uno quiera conceder a la fantasía, pocas especulaciones resultan tan inverosímiles como el ejercicio de intentar imaginarse cuál hubiera sido el desarrollo de Estados Unidos de no haberse inventado el automóvil.
La preeminencia de la cultura de las cuatro ruedas es, de hecho, tan colosal en la patria de Henry Ford, que el uso y el abuso del coche, además de condicionar de manera mayúscula el estilo de vida, las relaciones sociales o el urbanismo norteamericanos, ha terminado por modelar la propia idiosincrasia local.
Raymond Loewy, un midas que en la década de los cincuenta demostró tener un llamativo don para convertir en productos de consumo masivo los artículos que ideaba en su estudio de diseño, sintetizaba el concepto estadounidense de felicidad refiriéndose a dos acciones.
Dos simples acciones que, según la opinión del perspicaz Loewy, a los nativos les encantaba hacer contemporáneamente: fumar y conducir.
Hoy, el nuevo catecismo de lo sano ha variado ligeramente aquella receta eudemónica para alcanzar una vida satisfecha, de forma que el cigarrillo ha sido sustituido por el teléfono móvil (al cual se echa mano mientras se conduce con la incontinencia con la que antes se echaba mano a la cajetilla de lucky strike).
Lo que no ha cambiado es la pasión por el volante en un país que cuenta con un parque móvil de 142 millones de vehículos particulares y que genera un trillón de dólares –¡un trillón de dólares!– con la venta de bienes y servicios asociados al negocio de la velocidad.
Si antes los trayectos por autopista se cubrían entre pitillo y pitillo, las dos horas diarias que de promedio pasa un estadounidense en su coche se aprovechan ahora para pegar la hebra al celular.
Habida cuenta de lo anterior, la empresa a la que se vienen aplicando desde hace un tiempo un número en alza de grupos ciudadanos en Estados Unidos solo puede concebirse como una auténtica aberración para la mayoría de sus compatriotas. O cuando menos, como una excentricidad.
Desafiando el poder de la industria del automóvil, uno de los principales lobbies en el Capitolio de Washington, distintas organizaciones nacidas a lo largo y ancho de la geografía yankee están consagradas a lo que ya se conoce como la defensa de los derechos de los peatones.
Con su intempestiva militancia, pretenden convencer a las administraciones municipales para que sigan el ejemplo de aquellas capitales amigables con el viandante como Cambridge, en el estado de Massachusetts, que tiene a gala ser la ciudad más caminable de Estados Unidos.
El singular título le fue concedido hace unos meses a esta localidad de 100.000 habitantes, sede de Harvard y del prestigioso Massachusetts Institute of Technology, tras un estudio comparativo que situó a Nueva York segunda en la lista y a Oklahoma como el vergonzoso farolillo rojo.
Para confeccionar el ránking, un grupo multidisciplinar de especialistas analizó varios cientos de las principales metrópolis de la nación de los chevrolets y los cadillacs, con arreglo a una decena de criterios que incluían, entre otros, el número de personas que caminan a diario para llegar a su lugar de trabajo o el número de metros cuadrados verdes por vecino.
Cruzadas al margen, la opción de moverse a pie, renunciando al coche o al transporte público, empieza a ser una tendencia en boga en una sociedad donde los automovilistas, que no los electores, son los auténticos soberanos.
De ello da cuenta, sin ir más lejos, la proliferación de iniciativas como Walkscore.com, una web que brinda información a los potenciales compradores de viviendas sobre aquellas capitales y distritos más idóneos para las personas que quieren hacer del callejeo una actitud ante la vida.
La caminabilidad es una forma extraordinaria para examinar la salud social, psicológica y física de una comunidad”, señala Dan E. Burden, fundador de la ONG Walkable Communities (Ciudades Caminables, en castellano) y uno de los expertos participantes en el informe que distinguió a Cambridge como la top en la lista de las ciudades pedestrian-friendly.
¿Será por vía de aparcar el coche en el garaje que Estados Unidos, jaqueado por el burbujeante precio del petróleo, logrará alcanzar su tan ansiada independencia energética?
Uno diría más bien que es el intento de plantear un escenario parecido lo que constituye el verdadero alarde de imaginación. Lamentablemente.