La selva, el mar y el mercado
JUAN COCCO
Periodista argentino. Licenciado en comunicación y máster en Periodismo. Preceptor literario. Escribe desde Buenos Aires.
Uno de los escritores más grandes de América Latina, el colombiano José Eustasio Rivera, publicó en 1924 La Vorágine, una novela magistral en la que amalgamó con el recurso simple y torvo de la palabra la disputa ancestral del hombre con la “naturaleza”. El neoyorquino Herman Melville había publicado años antes, en 1851, su monumental Moby Dick, donde el temible capitán Ahab emprende una lucha asimétrica y necesaria contra la ballena blanca, símbolo de la fuerza destructiva del mundo.
La novela de Melville transcurre en un derrotero hecho de sombríos y gélidos mares balleneros, donde había que cazar, matar, para sobrevivir, mientras el personaje principal de Rivera, Arturo Cova, se hunde en el sepulcral abismo esmeralda de la selva amazónica, donde gobiernan las tambochas, una especie de hormiga carnívora que arrasa con todo tipo de vida a su paso.
Despojadas de la ambientación necesaria para la construcción del relato, ambas historias ponen en carne viva el sufrimiento del ser humano y se desprende de ellas una cuestión fundamental: ¿existe la maldad en el mundo? Y si es de este modo, ¿los hombres y mujeres nacen perversos o desarrollan estas “virtudes” en sociedad?
Las preguntas podrán parecer abstractas, trilladas, pero también arrojan luz sobre la competencia que llevó a los demiurgos de los mercados de capitales financieros a tentar con grandes cantidades de dinero a personas en situación de pobreza.
¿Qué motivó a los dueños del capital a diseñar productos crediticios que -lo sabían desde el principio- iban a sumergir a las personas en la miseria? ¿Por qué un vendedor de hipotecas, un ser humano, ofrece miles de dólares a un trabajador que quedará sumido en la bancarrota por el resto de su vida por no poder afrontar los pagos? Son preguntas tan simples que se vuelven difíciles de responder.
“La selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia quema como fiebre”, escribió Rivera en La Vorágine, en una cavilación antropológica que incomoda a quien la lea. Melville reflexionó en su Moby Dick: “¿Deberemos ser arrastrados al fondo del mar? ¿Debemos ser remolcados por ella (la ballena) al mundo infernal?”.
La selva y el mar, la naturaleza, son alegorías que fluyen en el escritor latinoamericano y en el estadounidense. Aquellas son el ropaje literario de la historia, como quizás hoy lo son los mercados de capital, que se imaginan “descontrolados” y gobernados por leyes naturales, ajenas a la humanidad.
Esta naturalización de los mercados y del capitalismo en el relato no es algo nuevo. La ejercitaron el escocés Adam Smith y su sucesor David Ricardo. Karl Marx las refutó, pero el neoliberalismo retomó los puntos más convenientes y construyó un discurso a medida de no intervención, de equilibrio natural de los mercados, que hoy muestra sus grietas al mundo.
Toda una tecnología social, de literatura científica e “incuestionables” postulados teóricos, se puso al servicio de la reproducción del capital, que renueva sus fuerzas con crisis violentas, como la actual, para destruir sin culpa vidas, economías y países.
La deconstrucción de ese oxímoron, de esa contradicción a la que se llama “naturaleza social”, del carácter “natural del capitalismo”, es la punta del ovillo para desbaratar la idea de la fatalidad que hoy agita su tridente en el planeta. Pero esto también es parte de un proceso social que no puede surgir naturalmente, sino que necesita de la fuerza transformadora de las personas que quieren un mundo mejor para sus hijos.