Un país entre rejas
Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.
Una cuarta parte de la población reclusa mundial (2,3 millones de personas) pena sus culpas en una prisión estadounidense. De hecho, uno de cada cien ciudadanos en la patria de George Washington está en la cárcel. Entre la comunidad negra, las estadísticas resultan todavía más sangrantes: uno de cada nueve “afroamericanos” pasa sus días a la sombra.
El rigor con el que se aplica la ley en sus dominios ha permitido a la potencia norteamericana encaramarse hasta el primer puesto en el ranking de las naciones
especialistas, según la expresión utilizada por The New York Times, en la “producción de prisioneros”. (Solo China, con cuatro veces más habitantes, se sitúa “cerca” del récord norteamericano, gracias a sus 1,6 millones de reos).
Pero no es solo el celo legalista y la jurisprudencia de mano dura lo que explicaría la “excepcionalidad” yankee. Como señalaba el rotativo neoyorkino en un exhaustivo informe publicado hace unos meses, existen otros factores decisivos implicados en el asunto.
Entre ellos, los altos niveles de violencia que se registran en el país que hizo de la sangre y los disparos un género cinematográfico; la severidad de las condenas; “el particular fervor en la lucha contra las drogas ilegales”; el “temperamentonacional”, o -significativamente la falta de una red asistencial pública que brinde sostén a quienes se encuentran en una situación de carencia o marginalidad (como sería el caso de buena parte del colectivo de negros; de ahí lo extraordinario de las cifras de delincuencia dentro de esa minoría).
“Cualquiera sea la razón, la brecha entre la justicia estadounidense y la del resto del mundo es enorme y continúa creciendo”, concluía The New York Times en un artículo firmado por Adam Liptak.
Lo doblemente llamativo es que no siempre las prisiones en el gigante del Norte habrían estado tan concurridas. Cotejando los datos, se advierte que las “tasas de encarcelación” (751 presos por cada 100.000 habitantes) se han disparado en las últimas tres décadas. Así, entre 1920 y 1975, el número de presos rondaba los 110 por cada cien mil personas. Una proporción similar a la que en la actualidad contabilizan estados más benévolos, como Inglaterra (151), Alemania (88) o Japón (63).
A decir de los estudiosos, lo que de verdad hace la diferencia es el hecho de que los tribunales estadounidenses dicten, por lo común, penas de cárcel por delitos que rara vez suponen la reclusión en los juzgados de Europa. Como por ejemplo, tratar de colar cheques falsos o consumir drogas blandas.
“Esto no quiere decir que nadie merece ser encarcelado o que tenemos que liberar a todo aquel que esté recluido”, ha escrito Jennifer Gonnerman en el último número de la influyente revista Mother Jones. “Hay mucha gente tras barrotes que uno no querría tener por vecinos, pero en nuestra hambre de justicia hemos perdido la perspectiva”.
En opinión de Gonnerman, una periodista que lleva un lustro escribiendo sobre las consecuencias “sociales” de esta política de firmeza, en Estados Unidos se imponen “encierros de diez años como si fueran nada, como un castigo suave, cuando en el resto del planeta diez años se consideran sentencias extraordinariamente severas”.
Haciéndose eco de la opinión de otros especialistas, Gonnerman sostiene que la administración usamericana tiene una especial habilidad para “convertir a los ciudadanos en convictos, pero ha olvidado cómo transformar de nuevo a los convictos en ciudadanos”,
aludiendo al déficit de iniciativas y de presupuesto para promover, entre los reclusos, programas de reinserción. “Nuestras celdas están llenas de mujeres y hombres que no saben leer o escribir, que no han terminado el bachillerato y a quienes les será muy difícil encontrar un trabajo cuando sean puestos en libertad”, ha escrito la periodista.
Como recordaba Adam Liptak en su investigación en The New York Times, hubo un tiempo en que la calidad del sistema penitenciario estadounidense, “modélico” para autores del siglo XIX como Alexis de Tocqueville, atraía la curiosidad extranjera. “En ningún país se administra la justicia con más suavidad”, anotó el francés en su celebérrimo libro La Democracia en América.
Ya ven: puro anacronismo.