Tomada de la edición impresa del 13 de julio del 2008

El ‘Senador No’

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.


Los aspirantes a ocupar el sillón principal en el sanedrín republicano, vacante tras la muerte hace una semana del ex senador Jesse Helms, van a tener que aplicarse a fondo para estar a la altura de un político rocoso e intransigente cuyos méritos resumió The New York Times señalando que muy pocos entre los congresistas de Estados Unidos “habían hecho tanto para resistir la marea del progreso”.

Conocido por el nulo miramiento con el que expresaba sus abrasivas opiniones, el llamado “faro” del partido conservador yankee hizo gala durante las tres décadas que ocupó un escaño en el Capitolio de Washington de una notable animosidad en su cruzada “por la decencia y la pureza espiritual” de un país particularmente generoso en personajes dogmáticos.

“Nada positivo les sucedió a Sodoma y Gomorra, por lo que es poco probable que algo bueno le ocurra a Estados Unidos si sostiene el estilo de vida homosexual”, argumentaba Helms en los años más oscuros de la irrupción del sida, para expresar su rechazo a que el gobierno dedicase el dinero de los contribuyentes a la investigación de una vacuna contra la epidemia.

Unas décadas antes, refiriéndose a la Civil Rights Act que puso fin a la segregación racial, el que fuera el gran valedor de Ronald Reagan en su postulación hacia la Casa Blanca comentó que la histórica ley constituía “la pieza de legislación más peligrosa” sancionada por el congreso estadounidense desde su fundación.

Helms nació en 1921 en la pequeña localidad de Monroe (Carolina del Norte), donde su padre ocupaba la jefatura de la policía local. Campechano y de humor expansivo, pertenecía a una camada de norteamericanos cuya infancia arruinó la Gran Depresión de 1929 y para quienes la existencia representaba “una lucha constante”.

Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, este ferviente partidario del rezo en las escuelas y reconocido lobbysta de la industria tabaquera, firme opositor al control de armas, inició su trayectoria pública como editor periodístico.

Enseguida sus polémicos editoriales le granjearon notoriedad, llegando a ser divulgados por 200 diarios y 70 emisoras radiales a lo largo del país.

En ellos, el hombre que terminaría siendo bautizado como ‘Senador No’ por su habilidad para hacer política a la contra, atacaba a los hippies, los sindicatos, los promotores del estado del bienestar, los intelectuales y, con especial acritud, al por entonces pujante movimiento de los derechos civiles.

Su ingreso en las instituciones se produjo en 1972, al ganar fuera de pronóstico el cargo de senador que, por más de un siglo, Carolina del Norte había confiado a los demócratas. En su reconversión a la política profesional, Helms se descubrió como un líder especialmente habilidoso para recaudar donaciones, lo que le permitió convertirse en un factótum dentro del no siempre bien avenido clan conservador. Ello, como le gustaba recordar, sin menoscabo de su trabajada reputación de independiente.

“No vine a Washington para ser un hombre que dice sí a los presidentes, sean demócratas o republicanos, ni tampoco para ganar una competencia de popularidad”, alardeaba el antiguo periodista, al que se ha caracterizado como “un dolor” para los sucesivos presidentes, que invariablemente encontraron en él un escollo para sus proyectos legislativos.

Cultivador de una retórica populista que asociaba las “penurias” sufridas por la clase trabajadora con los beneficios concedidos a las minorías, durante los noventa Helms encabezó en el Senado la influyente comisión de Relaciones Exteriores. Allí renovó sus votos de en favor de la diplomacia dura, mostrándose proclive a mantener a los Estados Unidos fuera de cualquier organización multilateral que, como Naciones Unidas, pudiera restarle músculo a la potencia del Norte.

Aunque no resulta sencillo congraciarse con el carismático senador por Carolina del Norte, un consumado opositor de las alzas impositivas y celoso guardián de la libertad omnímoda de las empresas, algunos detalles lo humanizan. En 1963, tras casi un cuarto de siglo de matrimonio, el político y su mujer leyeron en el periódico la historia de un chico discapacitado que declaraba su “sueño” de encontrar una familia antes de Navidad.

Lo pudo cumplir en el hogar de los Helms, que decidieron adoptarlo.

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