La utopía de Internet
Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.
Por muy definitivas que hayan sido las desilusiones que nos ha deparado la Historia, ninguna crisis ha conseguido quebrar la querencia humana a creer en las utopías.
Si hace algunas décadas hubo quienes vieron en la ecología el anuncio de un tiempo de redención, últimamente los heraldos de la esperanza han redibujado su atlas para resituar esa tierra promisoria, o una variante más light, en el vertiginoso orbe de Internet.
Miradas las cosas con perspectiva, pocos programas salvíficos han prometido tanto como la Web 2.0. Al menos en el orden del conocimiento (que es, para los entusiastas de los bits, como lo fue para los escolásticos, el auténtico humus de la libertad).
En sus sucesivas encarnaciones, Internet ha aspirado a erigir una democracia horizontal flechada hacia la participación constante y la recreación solidaria de la verdad, donde las elecciones deberían ser más que nunca. (Todo ello sin censuras, al menos de entrada, y sin más filtros que la propia tecnología).
Se podrá atender a esta visión con reserva, objetar que excluye a los millones de personas que no pertenecen a las clases digitales, pero resultaría demasiado voluntarista negar los avances del universo etéreo de la world wide web.
Basta con rebobinar la película para convencerse de que nunca había sido tan sencillo tomar la iniciativa para el hombre común. De eso se jactan, hasta la complaciencia, los nuevos libertos que se comunican vía chat sin necesidad de franquear fronteras o pedir permisos; que compran y venden en línea sin recurrir a intermediarios comerciales; esa generación interconectada que difunde sus propias noticias y opiniones sin esperar a que estas pasen por el cedazo de los mass media.
Quizá porque no podía ocurrir de otro modo, el momento álgido en la extensión del credo cibernauta ha coincidido en Estados Unidos con la multiplicación de los reparos al evangelio de los Gates y cía.
Aunque solo sea porque la tecnofobia constituye un acto reflejo, Internet siempre ha tenido sus críticos. Lo extraordinario es que las objeciones se concentren ahora en rebatir el mismo corazón del naciente utopismo. A saber: la especie de que lo virtual, al promover la participación y una difusión no fiscalizada de las informaciones, estaría alumbrando una versión inédita de ciudadanía.
En los últimos dos años, un par de libros con títulos elocuentes, El culto al aficionado y Contra la máquina, han delineado con buen trazo el revés “siniestro” de la Web 2.0. En el primero, el escritor inglés Andrew Keen argumenta que Internet, lejos de favorecer el conocimiento, estaría propiciando la mera circulación de “observaciones superficiales” (más tras la eclosión de los blogs).
En Contra la máquina, el crítico cultural neoyorkino Lee Siegel señala que la Red, antes que liberar a sus usuarios, lo que hace es mantenerlos cautivos; bien identificados en sus preferencias y gustos, de forma que sea más sencillo convertirlos luego en targets publicitarios.
A esa corriente se ha sumado estos días Nicholas Carr desde la influyente revista estadounidense The Atlantic, para describir las contraindicaciones que entraña el uso intensivo de las tecnologías en los quehaceres intelectuales y el comportamiento compulsivo que genera el abuso del mail y el messenger.
“Antes era un submarinista en el mar de las palabras”, dice Carr, quien reconoce haber pasado buena parte de la última década on line, restando más y más tiempo a la lectura de fuentes alternativas como los libros. “Ahora me deslizo por su superficie como un esquiador acuático”.
“Los medios no son cauces pasivos de información”, escribe este antiguo editor de la Harvard Business Review en un artículo titulado “¿Nos está haciendo Google más estúpidos?”. “Ellos suministran la materia prima para el pensamiento, pero también moldean el proceso de pensar”, razona. “Lo que parece que está haciendo la Red es achicar mi capacidad de concentración y contemplación”.
Lo sorprendente sería que, además de arruinar nuestra capacidad de atención, el sueño libertario de Internet acabase ahogando además la propensión humana a confiarse en las utopías. Aunque muy probablemente, para esa pulsión, como dice el poeta sobre el optimismo, no exista vacuna.