Tomada de la edición impresa del 08 de junio del 2008

La segunda oportunidad de Obama

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.


Al comienzo de la interminable campaña presidencial estadounidense, cuando su vertiginoso ascenso generaba entre propios y extraños tantas adhesiones como perplejidades, Barack Obama componía un personaje escurridizo de cuyo éxito nadie era capaz de develar las razones definitivas.

Casi un año después, el ahora ya único aspirante demócrata para los comicios de noviembre asoma como una figura un tanto desdibujada que, aunque conserva todavía un extraño don para seducir sin apenas proponérselo, poco a poco se asemeja menos a ese líder que parecía destinado a renovar radicalmente los usos de la política de Washington.

Presentado en su momento como el candidato de la concordia, descrito incluso como alguien “ansioso” por entenderse con sus oponentes, el actual senador por Illinois ha alcanzado la nominación tras una enconada disputa con Hillary Clinton que, al margen de ser poco congruente con su mensaje original, ha sumido al partido azul en una extraordinaria crisis.

Pero tanto como su imagen conciliadora, en el fragor de la pelea con Clinton se ha resentido su pretendida fama de hombre que “ignora las viejas reglas”.

Para vencer a la ex primera dama, a la que han condenado la suficiencia y el recurso abusivo a un apellido mucho más desacreditado de lo que se suponía, Obama se ha visto forzado a adoptar, como de costumbre, una estrategia que descansa en el poder del marketing electoral; aplicada, en lo sustantivo, a recaudar más dinero que los adversarios.

Aunque muchos analistas le cuelgan la vitola de favorito, el trecho que le resta por recorrer a este hijo de un inmigrante que de crío pastoreaba cabras en su Kenya natal se anuncia aún mucho más accidentado. Bastante más desafiante, en lo personal, para el propio Obama.

De entrada, su suerte depende del buen tiento que el candidato que la revista Time describió como “un acontecimiento inexplicable que inspiraba reverencia y éxtasis” tenga para para resteñar las heridas entre sus correlegionarios. Pero sobre todo su habilidad para atraer a un voto popular que, durante las primarias, ha estado del lado de la senadora por Nueva York.

“Afronto este reto con profunda humildad y reconociendo mis propias limitaciones”, confesó Obama tras su confirmación el pasado martes. En la medida en que este abogado de cara aniñada logre recomponer su estampa de hombre de “carne y hueso”, sus opciones de batir en las elecciones al republicano John McCain, un veterano de Vietnam que ha hecho de la lucha antiterrorista el eje de su discurso, se multiplican.

Desde que anunciara su postulación hace más de un año y medio, Obama ha sabido sacar un excelente rendimiento a su singular biografía. La peripecia vital de un negro nacido de un matrimonio roto entre un extranjero y una joven de Kansas que, a pesar de las estrecheces económicas y el desarraigo de una infancia a caballo entre Hawaii e Indonesia, consiguió graduarse con méritos en las exclusivas universidades de Harvard y Columbia.

Ese relato, que evocaba poderosamente el mito del “sueño americano”, junto con sus excepcionales dotes de orador, constituyen las mejores bazas de un político que puede ufanarse además de haber escrito dos libros devenidos en auténticos superventas.

A ellas debería confiarse el autor de Sueños de mi padre y La audacia de la esperanza, a quien aguarda un “viejo zorro” como McCain, fogueado precisamente en esa forma de concebir la política de la que Obama había querido desmarcarse al lanzar su candidatura, consistente, en palabras del senador negro, “en lograr que el oponente quede desacreditado”.

Aquí tiene el afroamericano una segunda oportunidad, probablemente la última, de estar a la altura de un personaje creado por él mismo que contagia ilusión y fervor, que ha conseguido que hasta los electores más desencantados se interesen por el debate de las cosas públicas.