Tomada de la edición impresa del 25 de mayo del 2008

Por una vida simple

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.

En un país como Estados Unidos, donde las fiestas de guardar como el Día de Acción de Gracias se celebran con rebajas en los malls, donde el aluvión de correo comercial enviado a los hogares supera los 450 millones de toneladas anuales, en el que el consumo de agua y energía duplica el de cualquier otro lugar del planeta; un país donde para llenar el depósito del coche de moda -eso sí, con combustible verde- se necesita el grano equivalente para alimentar a una persona doce meses; en ese país de excesos y despilfarros sinfín no debería sorprender que el tanteo de “alternativas” derive casi siempre hacia medidas demasiado radicales.

Aunque podría tomarse como un divertimento, la experiencia ensayada por Natalie McNeal en The Frugalista Files tiene mucho de provocación. En su blog, la periodista del Miami Herald compone un jocoso testimonio de lo sería la vida del americano medio si, de la noche a la mañana, decidiese hacer votos de frugalidad. De hecho, la propia McNeal se comprometió durante un mes a lo que, como ella, muchos de sus compatriotas calificarían de “impensable”: no gastar ni un solo dólar. Para ello, tras hacer acopio de lo imprescindible para atravesar esos días de penitencia, ideó una estrategia basada en la reevaluación de necesidades y en el cultivo de ciertas virtudes equidistantes entre el autocontrol y el simple confiarse a la generosidad ajena.

El experimento colocó a la blogger, que se reconoce como una consumista tenaz, en las antípodas de sí misma. Pronto, su prurito ahorrador se fue reforzando con pequeñas medidas: suspendió sus visitas a la peluquería, renunció a las salidas nocturnas y comenzó a cocinar en su casa en vez de pedir, como el solito, comida a domicilio. Liberada de las tribulaciones que en el ánimo de sus vecinos alimentan imponderables como el precio de la gasolina, en ese mes de economías extremas comprobó los beneficios de caminar o el disfrute que proporcionan las opciones de ocio más allá del shopping.

Mucho más fervoroso resulta el ejercicio de desapego puesto en práctica por Aimee y Jeff Harris, un matrimonio de Texas que ha decidido deshacerse literalmente de todas sus posesiones y apostar por una vida espartana donde las aspiraciones materiales no los desvíen “de lo importante”. Al igual que McNeal, ratificando ese exhibicionismo que a todos nos ha contagiado la tecnología, los Harris han decidido contar en la Web su conversión al credo de la austeridad. “Míranos cambiar todo acerca de nosotros, mientras descubrimos nuevos valores”, han escrito, confiados en reducir su existencia y la de sus dos hijos al amor y la felicidad de la que, dicen, “estamos verdaderamente hechos”.

Hay quien ha visto en la peripecia de los Harris, que confiesan haber ganado una “ridícula cantidad de dinero” gracias a Internet, el reflejo de un movimiento que conecta con el ideario beat de Jack Kerouac y reedita a la vez el espíritu del puritanismo que fundó la patria de George Washington; vinculado además con cierta propensión entre los yankees, tan genuina como el consumismo enfermizo, a la existencia asilvestrada y libérrima a lo Thoreau. Se le conceda crédito o no, lo cierto es que ya se ha publicado un libro que da carta de ciudadanía al movimiento de la “simplicidad voluntaria”, titulado Buying Time and Getting By: The Voluntary Simplicity Movement. “La idea detrás es que lo que posees te posee”, ha dicho su autora, Mary E. Grigsby. “Si son cosas que mejoran tu vida y te ayudan a hacer lo que quieres, está bien”, dice esta socióloga de la Universidad de Missouri. El problema surge cuando “estás enterrado” por todas esas propiedades y “lo material llega a ser el centro de lo que haces”. Entonces, razona Grigsby, “cabe preguntarse si mantenerlas es algo positivo”.

El desafío, se le ocurre de repente a uno, radica en encontrar la manera de “responder” a esa pregunta sin caer en extremismos ingenuos, que en realidad no constituyen más que otra forma de exceso y despilfarro.

Rss
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