Tomada de la edición impresa del 11 de mayo del 2008

Periodismo sin ánimo de lucro

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.


Boston.- Poco dados a divulgar malas noticias cuando ellos las protagonizan, a los periódicos estadounidenses no les ha quedado otro remedio que admitir la derrota.

Desplazados por la Web, confirmada como el principal difusor de información entre las clases digitales, hace un tiempo que sus propietarios vienen reportando menguas en sus ingresos publicitarios y, sobre todo, asumiendo la migración de sus lectores hacia el éter cibernético.

Pero por difícil que sea la tesitura por la que atraviesan, particularmente complicada para algunos grandes como Los Angeles Times o el Boston Globe, la situación dista bastante de ser terminal. Como reflejan sus balances, muchas cabeceras disfrutan todavía de márgenes de beneficios muy superiores a los de la mayoría de las industrias (hasta un 15 y un 20%, frente al 5% con el que opera, por ejemplo, la firma más grande del planeta, la red de supermercados americana Wal-Mart).

Entretanto, mientras prolongan su pulseada contra un futuro agorero, el recorte de los presupuestos y el achique de las plantillas está permitiendo salir del brete a la mayoría de las compañías editoras. En realidad, lo que de hecho preocupa en un país reconocido por la excelencia de su prensa, no es tanto su viabilidad económica como el efecto colateral, menos fácil de admitir, que acarrea esa doble receta aplicada para enfrentar la crisis.

En el último lustro, desde las páginas de revistas gremiales tan influyentes como la Columbia Journalism Review o la American Journalism Review, algunas voces se han mostrado concernidas ante la pérdida de calidad del periodismo que se produce en esta época de “vacas flacas” (una mengua que han asociado a la falta de recursos en unas redacciones cada día más diezmadas).

En paralelo, las agrupaciones de periodistas denuncian mayores presiones: particularmente, por la injerencia de unos gerentes a los que cuesta cada vez más cuadrar los números. De acuerdo con una encuesta del Pew Research for the
People and the Press de 2004, un 66% de los periodistas consultados afirmaban que las presiones para lograr beneficios estaba afectando a su trabajo.
La “devaluación” del periodismo impreso ha motivado, incluso, que se esté cuestionando su papel. Haciéndose eco de un sentir bastante común, el escritor
Daniel Akst se ha preguntado “si las organizaciones periodísticas de hoy están a la altura de la tarea de mantener a esa ciudadanía informada de la que depende la democracia”.

Ante un panorama inquietante que también se cierne sobre la televisión y la radio, la alternativa de un viraje hacia un periodismo “no comercial” ha cobrado fuerza. Sus valedores entienden que tomar ese derrotero permitiría al sector preservar la independencia y, al mismo tiempo, aseguraría que las tribulaciones por los ingresos no desvíen a la prensa de su verdadero compromiso.

“El único camino para salvar el periodismo consiste en desarrollar un modelo que encuentre sus beneficios en la verdad, la vigilancia y la responsabilidad social”, ha escrito Philip Meyer, autor del libro The Vanishing Newspaper.

El periodismo sin ánimo de lucro no representa una práctica nueva. En Estados Unidos, instituciones exitosas como la agencia Associated Press o el conglomerado de emisoras de National Public Radio funcionan como tales (también algunos diarios locales señeros como el St. Petersburg Times o el Christian Science Monitor). Lo inédito es que se plantee el non profit como una vía para sacar del atasco a los diarios, que por tradición han sido medios con
vocación comercial.

Quizá la propuesta más osada la ha formulado el veterano periodista Lee Smith al plantear que las universidades ricas como Harvard o Yale, que son a su vez entidades sin ánimo lucro, deberían salir al rescate de aquellos rotativos considerados bastiones del periodismo de calidad. De esta forma se evitaría que los ahogos financieros llegasen a obligar al New York Times, por poner un caso, a
hacer “demasiadas” concesiones.

Rss
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