Tomada de la edición impresa del 04 de mayo del 2008

El hijo de Elvira Arellano

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.

Cualquier causa, sea cuál sea la bandera que enarbola, necesita para ganarse a la opinión pública de historias ejemplares que la encarnen.


Su numantino encierro durante más de un año en una iglesia de Chicago,con el que intentó sin suerte eludir una orden de deportación, convirtió a la mexicana Elvira Arellano en una heroína para los trece millones de ilegales que residen en los Estados Unidos.

A ese templo metodista de la capital de Illinois ha regresado hace unos días su hijo, quien por haber nacido en territorio estadounidense y poseer por ello la ciudadanía gringa, disfruta de la libertad de movimientos que las autoridades de Washington negaron a su madre en 2007.

El pequeño Saúl, que al estar bajo la tutela materna se vio forzado al exilio, dejó con su desvalida presencia un testimonio de lo caprichoso y absurdo de una política migratoria que, además de revelarse incapaz de contener la avalancha de sin papeles, alimenta sin atisbo de culpa un sinfín de dramas familiares como el padecido por los Arellano.

Ante una escasa concurrencia formada por unas treinta personas y algunas cámaras de tevé, “Saulito” se mostró tan abrumado como aquella vez que, en 2006, acudió al Congreso de México para pedir a los parlamentarios que intercediesen por su progenitora.

Como suele ocurrir cuando un menor protagoniza una comparecencia pública, su aparición en Chicago tuvo inevitablemente un algo de cosa impostada. (Más que a la timidez, la incomodidad manifiesta del chico cabría achacarla al peso de la responsabilidad que, aunque sea vicariamente, carga en sus espaldas este crío de nueve años).

No obstante, hasta las voces que han argüido que el niño está siendo “utilizado” por los activistas en pro de la legalización de los  irregulares convendrán en que, al menos por unos instantes, las trémulas palabras pronunciadas en la Iglesia de Adalberto por el hijo de Elvira Arellano sonaron particularmente verosímiles. “Quiero ser un chico común,  pero no puedo”, dijo.

Cualquier causa, sea cuál sea la bandera que enarbola, necesita para ganarse a la opinión pública de historias ejemplares que la encarnen.
Como sucedió en su día con el niño balsero Elián y las víctimas del castrismo, la pelea reivindicativa de los sin papeles de los Estados Unidos ha encontrado en la historia de Elvira y Saúl Arellano un eco poderosísimo.

Poco importa la espuma mediática que se levante a su alrededor. Al final, ningún relato consigue develar por completo las vicisitudes de los individuos de carne y hueso que se esconden tras aquellas otras personas devenidas en símbolos. Sus peripecias son siempre más dolorosas y más solitarias. Mucho más enrevesadas.

Cuando uno piensa en Saúl, le viene a la cabeza la kafkiana situación que enfrentan en la patria de Abraham Lincoln casi dos millones de chicos cuyos progenitores son inmigrantes ilegales. Estos chicos

disfrutan de ciertos derechos básicos como los que asisten a sus pares norteamericanos, la educación o la salud, pero no disponen -a diferencia de “Saulito”, un “privilegiado” al lado suyo, menuda ironía- de documentos que prueben su identidad. Viven en un limbo jurídico.

Algún día esos chicos buscarán un empleo que les será negado por ley. Conforme vayan cumpliendo años, la amenaza de una deportación se volverá cada vez más acechante. Por carecer de papeles, estos parias del siglo XXI nunca conseguirán obtener una licencia de conducir ni podrán abrir una cuenta bancaria, nunca lograrán ingresar en la universidad...Serán reos a perpetuidad de su destino. Por si todo la anterior no fuese suficiente, tampoco su propio hogar servirá de refugio para los niños sin papeles que vayan haciéndose adultos (poco cuentan aquí el amor y las atenciones recibidas). Aunque sea por pura lógica de supervivencia, cualquier promesa de futuro para esos críos consistirá en afanarse por dejar atrás lo que han sido sus padres y lo que representan.Muchos de ellos deben estar en este preciso minuto rumiando palabras parecidas a las de “Saulito”: Quiero ser un chico común...
Pero no es que no puedan. Simplemente no les dejan.