• 30 Sep 2011
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  • Una noche intensa...

    Los pasillos del Hospital de la Policía eran un laberinto de terror cuando empezó el rescate. Muchas personas no sabían por dónde salir ni dónde ocultarse. Desde las terrazas de la morgue, los francotiradores no escatimaron con sus metrallas.

    Unidad de Investigación

    Un video, filmado desde un helicóptero  del Ejército, permite ubicar a  los  francotiradores policiales. Están en   los techos y azoteas de los  cuatro edificios que rodean  al Hospital de la Policía, en donde el presidente Rafael Correa está  retenido desde las 10:40.   


    Con el sobrevuelo no caben más dudas:  1.500 policías insubordinados están desplazados en  el Regimiento Quito, bloquean el hospital e interrumpen el tránsito en la avenida Occidental y la Mariana de Jesús. Se interceptan sus comunicaciones y la  Dirección de Inteligencia   Militar detecta la  intención de   atentar contra la integridad del Presidente.     


    Ante ello, la consigna es rescatar a Rafael Correa de forma  inmediata. El operativo debía ser   rápido para beneficiarse del factor  sorpresa, aplicando  el principio de masa,  pero con armamento no letal y con la facultad de emplear el uso progresivo de la fuerza. Solo  parte del personal  podía  llevar armamento letal, para emplearlo  en caso de ser necesario.       


    En la habitación 302, el Jefe de Estado permanece con hielo en la rodilla y se mantiene al tanto de lo que ocurre afuera. Junto a él están unos cuantos  miembros de la Escolta Presidencial y su asesor Francisco Latorre, además de los ministros de Finanzas y Relaciones Laborales, Patricio Rivera y  Richard Espinosa, respectivamente. También se hace presente el  entonces comandante de Policía, Freddy Martínez.                            


    Al mismo tiempo, miles de ciudadanos se alistan para el rescate y avanzan por la Av. Mariana de Jesús. Son madres, abuelas,  hijos, profesionales, estudiantes. Llevan en alto las fotos de Correa y exigen respeto a la democracia.     

       
    Su presencia molesta a los sublevados y empiezan los enfrentamientos. Hay gases por doquier,  caen los heridos y son cada vez más los asfixiados. Unos se repliegan en el hospital Metropolitano y   otros se refugian  detrás de  muros y aceras de los edificios aledaños.    


    A través de la radiopatrulla los mensajes son cada vez más concluyentes: “¡Maten a Correa para que se acabe esto!, ¡El man  no sale hoy!, ¡Mátenle, ahora es el momento!, ¡Que firme,  si no sale muerto!”.  


    Al tanto de  esas conversaciones, en el colegio militar Eloy Alfaro de Quito, se concentran  unos  900 militares, entre ellos 63 del Grupo Especial de Operaciones Ecuador (GEO). Estos últimos tienen la misión de   rescatar al Presidente.


    En Pusuquí, los agentes del Grupo de Intervención y Rescate (GIR) planifican la incursión al hospital. Pero antes de salir  el oficial a cargo aclara:   “Nadie, absolutamente nadie,  dispara. Si nos disparan, ¡qué pena! Yo  iré a la cabeza  y si nos disparan, hemos de caer. ¿Usted escuchó a esta gente? ¿Cree que es una actuación propia de la Policía? Están borrachos. Nosotros no iremos  en contra de nuestros compañeros policías, porque  no son todos, solo es una parte interesada en afectar a la  institución y a nuestra gente. Pero el que no quiera ir, que no vaya,  no pasará nada”.


    Y convencidos de su misión, se encomiendan a Dios: “Señor, yo soy policía. Si tú, Señor, me infundiste esta vocación, así como tú velas por el orden del mundo, yo también te ayudo a cuidar al menos una parte del mismo”.   


    Estratégicamente ubicados,  el Grupo de Apoyo Operacional  (GOE),  sigue de cerca el  conflicto. Bajo el mando de Cristian Miño, los agentes de élite de la Policía preparan su propio plan de rescate, pese a que por la radio, sus compañeros sublevados los acusan de traición. La decisión de intervenir se toma cuando cae la noche.


    “55 hombres salimos por atrás del cuartel. Entramos al Regimiento y pasamos al hospital. Antes de entrar a Emergencia constatamos que solo habían civiles. Gracias a Dios, no estaba ninguno de los compañeros, y sin pensarlo dos veces avanzamos hasta el tercer piso”.  


    Por la avenida Occidental llega un escuadrón del GIR. Sus compañeros sublevados los reciben con insultos. Tratan de amedrentarlos lanzándoles  palos y llantas,   pero la  misión de ellos es entrar al hospital. De forma  pacífica superan  el tumulto. 


    Al poco tiempo,  la   presidenta encargada de la Asamblea, Irina Cabezas, consigue el “permiso” de los sublevados  para ingresar a la habitación de Correa. Un miembro del GIR, a quien identificó  como Froilán Jimenez,  garantiza el  acceso de su vehículo,  un Nissan Patrol color plata hasta la puerta de Emergencia. Ella viste una bata y mascarilla.


    Una vez adentro, Correa es puesto al tanto de las novedades: “La oposición pide la derogatoria de la ley y la amnistía para los sublevados. Solo así le permitirán abandonar el hospital”. La respuesta es enfática: “No cedas, Irina”.                       


    En la calle la situación es crítica. Los civiles se aglomeran bajo el hospital, mientras los militares se acercan  por dos rutas. Unos forman el primer anillo de seguridad  y los  miembros   del GEO ingresan para rescatar al Presidente. La emoción entre las personas es tal que  entonan el Himno Nacional.          


    Ante el inminente riesgo de un enfrentamiento armado entre policías y militares,  la tensión se apodera del hospital. Los periodistas que a lo largo del día aguardaron en los pasillos del tercer piso, se ponen a buen recaudo.  


    En   la habitación de Correa el comandante Martínez habría suplicado  que se detuviera  la incursión militar. “Se arrodilló y no controló las lágrimas. Estaba  preocupado por su gente, pero ya era tarde. Un miembro de la escolta presidencial le dijo que ya no era su decisión, que se trataba de un asunto de seguridad nacional”, contó uno de los presentes.   


    Durante la incursión,  los militares y miembros del GIR se encuentran en los pasillos por  cuatro ocasiones. En la puerta de la habitación 302, los militares intentan desarmar al GOE. “¡Manos en la cabeza! ¡Arrodíllense!”. “De rodillas nunca”,  les contestan. 


    Los unos no confían en los otros y hay hostilidad entre ellos, pero por un segundo reflexionan y se convencen de que su objetivo es el mismo. Lo que  estaba  claro es que no había coordinación entre ellos. 


    Cuando llegan hasta el  Presidente, él   se asegura: “¿Son del Ejército?”.   Con esa certeza, le entregan un casco, una mascarrilla antigás y un chaleco antibalas, mientras lo colocan  en una silla de ruedas.  


    El Presidente estaba muy tenso. Temía por su vida. Se arregló la camisa y la corbata. Se persignó y  todos salieron casi de inmediato tres pisos hacia abajo, a ratos a oscuras.

     

    06

    Los militares que entraron en el hospital afrontaron la resistencia policial.


    Afuera,   el Grupo Especial de Comandos  del Ejército se enfrenta  a  con francotiradores de la Policía, ubicados en  la terraza  de Medicina Legal (morgue).


    Quienes lo acompañaron minutos antes se echaron al piso cuando escucharon las primeras detonaciones. Una de ellas impacta en la ventana. En varias tomas de la Inteligencia Militar se observan las llamas que dejan las ráfagas.  


    En los corredores se escuchan los gritos de la gente y más de uno se desmaya a consecuencia del gas lacrimógeno disperso en el ambiente.   La idea era llevar a Correa  al vehículo blindado que esperaba en el acceso principal, pero  el cruce de fuego revela el peligro y los agentes especiales deciden avanzar  hacia la puerta de Emergencia. 


    Ahí esperaba  el vehículo de Irina Cabezas, resguardado por agentes del GIR, que elevaban sus escudos. Pero al primer intento de evacuar el edificio los reciben con balazos. “Somos policías, ¡no disparen!”, gritan los del GOE y se repliegan hacia la puerta.  


    Cuando creen que todo está controlado, apagan las luces, y en tinieblas embarcan al Primer Mandatario. Su vehículo es protegido por un escudo humano formado por miembros del GIR, que   confiados en que sus compañeros policías les respetarán la  vida abandonan el hospital, pero apenas pasan el acceso principal  el cabo segundo Froilán Jiménez  cae por  la acera de la avenida   Mariana de Jesús.  


    A partir de ese instante, el ataque recrudece. “Recibimos  fuego indiscriminado. Se reventó el vidrio posterior”, cuenta un  oficial que participó en el operativo, quien asegura que  la  subametralladora HK de 9 mm  que portaban los GEO causa menos daño  que los fusiles M-16, de 5,56 mm,  que “usaban los policías”. 


    Otro soldado relata que  una bala  5,56 mm le dio  en el pecho, pero gracias a una alimentadora que portaba en el  bolsillo del chaleco antibalas no murió de contado. Esa noche hubo 11 GEO heridos.   


    Arrinconados y ocultos tras los muros que protegen  los edificios  cercanos se esconden los civiles. Los más avezados se confunden entre los militares,  que repelen el ataque. De a poco caen los heridos, sin distinción.   

      
    En un video aficionado, registrado por un ciudadano agazapado entre los pilares del edificio Meditrópoli, se ve caer a un joven mientras levanta sus manos.


    Al interior del hospital se viven minutos de terror. Policías armados buscan a los ministros que acompañaban al Presidente. Richard Espinosa se oculta en un baño, con un traje de médico y una mascarilla. Irina Cabezas es trasladada de habitación en habitación para confundirse entre los pacientes. Cuando todo se calma es posible la evacuación general.
    En las calles, los ciudadanos celebran la salida de Correa. Los militares son ovacionados por el operativo y retornan a sus cuarteles.


    En la Plaza de la Independencia, a las 22:00,  miles de ciudadanos esperan el arribo del Primer Mandatario. Con el  semblante recuperado, se dirige al balcón más alto de Carondelet para agradecer el respaldo ciudadano, pero también confirma la muerte de Jiménez.


    Desde allí rechaza   la actuación de los policías  sublevados y desacredita los “motivos” expuestos a lo largo del día. Y dice que en este día “Todos hemos perdido”.