• 12 Sep 2011
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  • Juan Pablo miraba la vida lleno de esperanzas

    El estudiante universitario murió durante el rescate del presidente de la República, Rafael Correa, el 30 de septiembre de 2010. Fue alcanzado por dos impactos de bala: uno en la cabeza y otro en su pierna.

    Unidad de Investigación

    En sus venas llevaba el ritmo de los sones tropicales que su madre canta, desde joven, en peñas, serenatas y eventos públicos. Apenas le faltaban dos años para concluir la carrera de Economía en la Universidad Central. Nunca abrió ninguna cuenta en red social alguna, apenas si hay un registro de inscripción en Hi5.

    Tenía una meta:  concluir su carrera para trabajar en el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC). Le gustaba la estadística, aunque no era muy bueno en contabilidad. Por lo general su novia  lo ayudaba para mejorar sus notas en esa materia.

    Tenía un pacto con sus hermanos, Mateo y Alexander: el uno apoyaría al otro mientras uno de ellos estudiaba. Cuando él terminara Economía, apoyaría en todo a su hermano menor para que concluya su carrera universitaria sin angustias económicas.

    Su nombre lo escogió su padre hace 24 años.  En el acta de registro y de defunción se lo conoció como Juan Pablo Bolaños Fernández, quien en menos de  15 días será declarado héroe nacional.

    En su cuarto, las paredes blancas se llenaban de color con los afiches  gigantes de Christina Aguilera. Junto al afiche de la “popera” hay un grafiti hecho a mano sobre una hoja de cuaderno, donde se lee: “Prohibidos niños y mascotas”. Eso reflejaba su afán de tenerlo todo en orden, odiaba  que toquen sus cosas, las utilicen y las dejen en otro lugar.

    En su cuarto, los afiches de Christina Aguilera fueron reemplazados por una bandera grande del Ecuador,  la misma que se colocó sobre el ataúd, el día que fue sepultado.

    En la pared del dormitorio de su hermano, pegada sobre una cartulina, quedan las últimas fotos de Juan Pablo. A él no le gustaba ser retratado, prefería retratar a su familia. La última noche en su casa, en su cama, tomó a la mascota de la casa (una perra) y se  hizo fotos, sonriente, besando al animal, acariciándolo y simulando dormir junto a él.

    En su cuarto aún quedan dos camas pequeñas, su televisor de 24 pulgadas. En su cama, desde hace más de once meses,  se tienden y extienden las sábanas blancas que le gustaban para dormir. Junto a su lecho, cerca a la cabecera, está una puerta que lo conectaba a otro mundo: al cuarto de su hermano mayor, ahí bailaban, los tres hermanos y su madre.

    De niño, la vida lo sorprendió con varios momentos críticos. El primero, antes de cumplir dos años, su padre murió de cirrosis hepática. Su madre tuvo que dejarlo a él y a su hermano Mateo en Ibarra al cuidado de sus familiares. Con el tiempo llegó a Quito y se encariñó con su padre adoptivo, quien le enseñó varios secretos culinarios. Por eso la cocina fue su pasión.

    Por más de 10 años disfrutó hornear tres pavos en cada Navidad y repartirlos a toda la familia. Era su augurio de abundancia, pero en el inicio de su  adolescencia su nuevo padre murió, víctima de un enema pulmonar. Su vida, junto a la de su madre y dos hermanos  se puso difícil. Rentaron  un pequeño departamento y un local, en el barrio América, cerca del Centro Histórico de Quito.

    Allí, Olga, su madre, quien es conocida como “Carmencita Lara de Ecuador”, repartía su tiempo entre el canto, cuidar de sus hijos y casa y emprender como microempresaria en un local de medicina natural. En 2007 un incendio acabó con la casona, el negocio y el dinero que se guardó por varios años, en una caja de ahorros.

    Juan Pablo, casi en la calle, decidió continuar sus estudios. Terminó el colegio e ingresó a la universidad. Sus conocidos, amigos y familiares lo recuerdan tranquilo y serio. Frente a desconocidos, prefería pasar desapercibido. “Puertas adentro”, como dice su hermano Mateo, era un payaso:  hacía voces raras, imitaba personajes. Su cuerpo se expresaba en todas sus manifestaciones, bailaba y cantaba, reía y soñaba. Sus manos lo decían todo cuando conversaba.

    Los discos compactos que aún quedan en su cuarto muestran el interés que tenía por la música que interpretaba su madre. El último aporte y apoyo que dio a su familia fue invertir en  masterizar  un nuevo CD para Olga como solista. Ella asegura que siempre le gustó la canción “Paloma errante”  y coreaba: “Una palomita, en mi corazón, hizo su nidito,  nido de ilusión. Esa palomita conmigo creció, yo le di abrigo y le di amor”.

    En su computadora aún quedan tres temas inéditos. Los escribió e hizo los arreglos para que su madre los interpretara en un nuevo disco. Las letras de sus canciones se refieren  al consuelo, a la perdida de un amor y a la partida de un sueño, cuenta Mateo.

    Con su novia, Mónica, llevaba dos años, estudiaban en la misma facultad. Fue difícil que ella sea aceptada por su madre, pero más pudo el cariño y la perseverancia.

    Pese a las dificultades económicas, todos reían con sus locuras. La mayoría de ocasiones se lo encontraba  trabajando, estudiando o preparando algún plato. Era casi un experto en la cocina árabe, especialmente preparando shawarma. Sus primeros pasos en el mundo laboral los realizó en un local de venta de comida.

    No se enojaba fácilmente, pero se indignaba con las injusticias. Era respetuoso del orden y de las leyes que se imponían en casa, en  el trabajo y en la universidad, aunque a veces la falta de previsión y de ropa limpia lo hacían usar la ropa de su hermano.

    Parecía que no tenía amigos, pero todos lo conocían y a todos ponía sobrenombres o apodos, por alguna vivencia o por características personales.

    Era común verlo saludando con gente del barrio. Sus vecinos lo recuerdan por el cabello largo, su vestuario informal y la camiseta de la Liga. Junto a su casa hay una peluquería y por ahí pasaba saludando con la mano, como si siempre estuviera apurado para hacer algo. Nunca lo vieron borracho y se preocupaba por sus amigos cuando se pasaban de copas.

    Olga, Mateo, Alexander, Mónica y todos sus amigos aseguraron que hay detalles en la vida que a veces pasan, no se perciben, pero cuando los recuerdos bombardean se tienen presentes sus gestos, sus detalles, sus locuras y, por supuesto, su nombre.

    Así, como  si Juan Pablo aún estuviese dormido, sobre la camilla de la clínica Internacional, lo recordó su madre: “Yo le decía: ‘Mijito, vas a estar bien, pídele al Señor  que te ayude’. Yo sentía su carita caliente, estaba como dormido, pero la enfermera me dijo: ‘Señora, su hijo ya no la escucha’”.

    Se le derrumbó el mundo, su hijo no podía estar muerto. Horas antes, con él había almorzado tallarín con pollo, la comida favorita de él.  A través de la televisión vieron la sublevación policial en el Regimiento Quito y sus palabras fueron: “Este país está loco”. Su madre comenzó a llorar, era incontenible el llanto.

    De pronto, escucharon la convocatoria para “ir a rescatar al Presidente”. Él fue con su familia al Hospital de la Policía.

    Su hermano Mateo recordó que todo parecía de película, pero ese 30 de septiembre Juan Pablo nunca más regresó a casa. Un mes después, el dolor de su partida provocó la muerte de su abuela materna.