Tomada de la edición impresa del 01 de abril del 2008

El otro

Héctor Chiriboga
Licenciado en Sociología por la Universidad de Guayaquil (1990), Diplomado en Estudios Amerindios (1994). Docente en la carrera de Comunicación de la U. Católica.
hchiribogalban@yahoo.com

Uno de los problemas de vivir en la ciudad es la existencia de los otros. De hecho es uno de los aspectos más conflictivos del vivir: el otro es siempre fuente de problemas, más que el propio cuerpo o la naturaleza.

Frente a ambos nos quejamos, y siempre son una oportunidad para pensar en Dios. Pero, y el otro, ¿qué? Este siempre tendrá su propio juego, porque tiene su propia vida, sus maneras de entender, ver, sentir e interpretar el mundo, y eso por supuesto me incluye a mí: yo también soy su problema, porque también juego, es decir vivo.

Vivir es, por definición, estar abierto a la contingencia. Vamos por ahí y nos “miran mal”, escuchamos cosas que disgustan u observamos  hechos que sorprenden. Vivir es también una experiencia imaginaria, sobre todo en épocas en que la imagen invade el mundo de la palabra. Frente a la contingencia del otro, nos fascinamos e idealizamos o lo repudiamos y segregamos. En esta dinámica es notoria la ausencia de la palabra, la mediación simbólica  que permitiría desactivar las falsas ilusiones de una  convivencia sin tropiezos y las paranoides prevenciones del peligro acechando en esquinas y personas.

Una parte de la llamada inseguridad ciudadana, corresponde a ese déficit de comunicación. Por cierto, no está demás mencionar que la inseguridad es una condición de nuestra existencia moderna, y de nuestro ser (humano) al salir del útero materno. Claro, hay más crimen  pero también hay más miedo que crímenes. La sensación de desprotección se multiplica porque nos sentimos (y en cierto modo estamos) solos e imposibilitados frente a los que “representan una amenaza”. Sin embargo ahí donde la gente, en su diversidad, aún se anima a ocupar el espacio público (donde no ha sido colonizado con reglas regeneradas) su interacción sirve para mitigar en algo esa inseguridad. No se trata de construir la comunidad feliz por siempre (sería aburridísimo) sino advertir la necesidad del otro (incluso en lo desagradable) sin pensar en su exclusión, la indiferencia o el autoencierro. Tampoco pensarlo desde posiciones didácticas que encierran un ideal de superioridad. En cambio, interrogar su expresión, no desde las reglas del poder sino desde un saber propio, puede abrir un camino (eso si, no siempre seguro) para desactivar el conflicto imaginario con ese que nos resulta extraño en sus costumbres, extraño en su decir.

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