Velocidad extrema al estilo de Megadeth
La banda californiana descargó su thrash metal en la Plaza de Toros.
De repente aquel sonido “charan chan, charan chan” que emitía la guitarra de Dave Mustaine durante la introducción de la canción “Simphony of destruction” se convirtió en un “Megadeth, Medadeth, Megadeth”, coreado por casi 12 mil gargantas.
Mustaine, el controversial líder de Megadeth, entendió el mensaje de sus seguidores ecuatorianos que la noche del viernes pasado acudieron a la Plaza de Toros de Quito. Entendió la aceptación de un público al que Mustaine exploraba por vez primera y quien sabe si lo repetirá. Al menos, el guitarrista y cantante prometió, con un español mocho, que volverá al país.
Y aquel “Simphony ...” desató aún más la euforia colectiva de sus seguidores, quienes se manifestaban de distintas formas. En la zona de Arena, algunos practicaban el “mosh” (se chocaban unos con otros); en Megabox saltaban como grillos; mientras que los que se situaron en las gradas de Preferencia y General se conformaron con sacudir sus cabezas por lo apretujados que estaban.
Y para calmar un poco esa agitación, una llovizna acompañó a “Simphony...”, que se alargó un par de minutos más de los 3 y medio que dura.
Pero Megadeth no es solo esa canción (que pertenece al disco “Countdown to the extinction, de 1992). Es mucho más. Es adrenalina pura, vértigo, casi sin descanso, tal como le gusta a Mustaine, quien lució una camiseta de Kiss (“Hotter than hell”). Solo la altura quiteña lo detenía cada cuatro canciones (de las 19 que tocó) para tomar oxígeno, semioculto, con una mascarilla. Mientras, al fondo del escenario, de 25 metros de largo por 15 de ancho, el baterista Shawn Drover se agachaba para hacer lo mismo. Aquella rutina era necesaria para Drover, tras ejecutar descargas de percusión tan veloces y ensordecedoras como si fuese una ametralladora.
Mustaine, Drover, el bajista James Lomenzo (el más carismático con el público) y el guitarrista Chris Broderick empezaron su espectáculo “pateando al perro” (como se dice en la jerga local) con “Sleepwalker”, que la banda mezcló con “Wake up dead”, como si fuese un discjockey. Aquellas canciones no habían sonado tan bien. Mustaine pidió a su sonidista que mejorara el audio, pero eso al público no le importaba. Y más biengente empezó a lanzar banderas de Ecuador. Mustaine envolvió una de ellas en el pedestal de su micrófono.
Y él se dio tiempo para todo, hasta para cantar en español durante “Trust” (del disco “Cryptic writing”, de 1999). En los estribillos decía: “me duele todo el cuerpo por los errores/ traicionado por la ley/ nos mentimos tanto uno al otro/ que nada cambiamos” para referirse a la violencia que rodea al mundo.
En su repertorio no faltaron temas como “Sweating bullets”, “A tout le monde”, “Gears of wars”,“Take no prisoners”, “Tornado of souls”, “Hangar 18” y “Holywars” (con la que cerró su show), todas pertenecientes al “Rust in peace” (1990). También repasó sus clásicos ochenteros como “In my darkest hour” y “Peace sells...but who’s buying”, que la interpretó casi al final, con un Drover que lucía la camiseta de la selección ecuatoriana de fútbol. Solo quedaban los típicos “souvenirs” que ofrecen las bandas. Allí Mustaine regaló las vitelas amarillas que tenía incrustadas en su pedestal y las muñequeras empapadas que utilizó. Lo que vino después fue una fugaz disputa por obtener aquellos regalitos. Pero esa es otra historia.
Rafael Veintimilla
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Editor - Espectáculos