• 13 Nov 2013
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  • su posición fue la igualdad de condiciones de la mujer en torno al acceso al trabajo

    Zoila Ugarte: Pionera del feminismo ecuatoriano

    Cuando laboró en el Colegio Manuela Cañizares forjó una generación de activistas sociales. Su vida no estuvo exenta de persecuciones: cuando recibió a Belén de Sárraga, notable anarquista española, se movilizaron los fanáticos quienes al grito de “Al Ejido” reclamaban la quema de ambas.

    Zoila Ugarte: Pionera del feminismo ecuatoriano

    Por Daniel Kersffeld Especial para EL TELÉGRAFO

    Zoila Ugarte de Landívar encarna el esfuerzo y los contratiempos que surcaron la vida y las obras de las primeras feministas latinoamericanas del siglo XX. Había nacido el 27 de junio de 1864, día de San Zoilo, en la parroquia El Guabo, ubicada en las cercanías de Machala, en la provincia de El Oro. Fue tercera de nueve hermanos, de los que solamente cinco llegarían a la mayoría de edad. Recibió las primeras letras de su madre y sobresalió desde muy pequeña por su inteligencia y vivaz conversación. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo antes de que fallecieran sus padres. 

    En 1905 fundó La Mujer, primera revista feminista ecuatoriana y tribuna de ideas progresistas.Comenzó a escribir en 1890, cuando con el seudónimo de “Zarelia” envió sus primeras crónicas a El Tesoro del Hogar, semanario de literatura, ciencias, artes y modas, fundado por la poetisa Lastenia Larriva de Llona. Desde sus primeros escritos demostró un estilo literario propio, que con los años le otorgaría singularidad y la diferenciaría de sus contemporáneas hasta consagrarse como una de las principales escritoras ecuatorianas de la época.

    En 1893, en Machala, Zoila contrajo matrimonio con el capitán Julio Landívar Morán, acantonado por esos meses en dicha plaza. Como fruto de esta unión nacería Jorge, futuro periodista y activista en el Partido Socialista. Dos años más tarde, en el contexto de las revueltas populares que determinarían el ascenso de Eloy Alfaro al gobierno nacional, el matrimonio decidió mudarse a Quito, en donde finalmente comenzaría a madurar como futura referente del feminismo y el progresismo ecuatoriano. Por esta misma época, y mientras su marido combatía en el Ejército, ella se haría un lugar cada vez más importante en la opinión pública quiteña gracias a sus artículos, generalmente escritos con los seudónimos “La Mujer X” y “Zoraida”.

    En 1905 marcaría un hito en la historia local al fundar la primera revista feminista ecuatoriana, convertida pronto en una auténtica tribuna de las ideas progresistas y democráticas defendidas por aquellas mujeres que planteaban una nueva nación a partir de la lucha y la conquista de nuevos derechos sociales y políticos. Así, La Mujer fue planeada desde un inicio como una publicación mensual de literatura y variedades en donde se expresaron narradoras, poetisas y algunas de las primeras ideólogas del feminismo local, como Mercedes González de Moscoso, María Natalia Vaca, Josefa Veintemilla, Antonia Mosquera, Dolores Flor e Isabel Espinel. Debido a la transgresión de sus artículos, no resultó casual que la imprenta en la que se editaba La Mujer fuera varias veces clausurada, siempre por razones políticas.

    A fines de 1905 fue designada socia honorífica del periódico El Tipógrafo, un nuevo espacio en el que publicaría sus reflexiones políticas construidas, como en la siguiente cita, con una mirada feminista y de izquierda: “La mujer tiene derecho a que se le dé trabajo pues necesita vivir y no se vive ni se adquieren comodidades sin trabajar. La miseria reinante en Europa es uno de los motivos que con más fuerzas ha despertado el feminismo moderno. Las falanges de obreras que llenan las fábricas no han podido menos que comparar la diferencia de salarios señalados para los dos sexos por idéntico esfuerzo, por las mismas horas de trabajo”. Sus colaboraciones periodísticas fueron cada vez más amplias, y contribuyó con sus artículos en medios tan diversos como La Ondina del Guayas y El Hogar Cristiano, dirigido por Ángela Carbo de Maldonado.

    Aunque por motivos familiares estuvo en contra del movimiento alfarista que en 1906 destituyó al presidente Lizardo García, en ningún momento abandonó las filas populares ni dejó de lado su ímpetu transformador. Ingresó a la redacción de La Prensa y en 1908 incursionó en la Escuela de Bellas Artes, donde aprendió dibujo, pintura, litografía y escultura, obteniendo varios premios en la Exposición Nacional del Centenario de la Independencia realizada dos años más tarde.

    Si bien en líneas generales apoyaba al liberalismo radical, sus diferencias con el alfarismo fueron crecientes y, pese a que recibió críticas por parte del oficialismo, encontró en cambio el apoyo de varios de sus colegas periodistas, narradores y poetas, quienes no dudaron en calificar de “brillante acción colectiva” sus denuncias en beneficio de las mujeres y por la pacificación del Ecuador: un Comité Nacional, en el que se encontraban sus amigas, las poetisas Mercedes González de Moscoso, Dolores Sucre, Carolina Febres Cordero de Arévalo y Ángela Carbo de Maldonado; incluso se encargó de realizarle un homenaje público, con un amplio respaldo popular.

    Ya como seguidora del dirigente liberal Leonidas Plaza, quien volvería al gobierno en 1912, dirigió La Patria por un breve período y posteriormente estuvo al frente del diario La Prensa. Ese mismo año multiplicaría sus actividades al ser electa directora de la Biblioteca Nacional, lo que la obligaría a alejarse del periodismo, si bien continuó publicando sus escritos en el boletín periódicamente editado por dicha entidad. Y pese a las diferencias que había mantenido en los últimos tiempos, el 28 de enero de 1912 fue testigo del asesinato de Eloy Alfaro por una turba enloquecida, y pidió que por favor los despojos del expresidente pudieran ser cubiertos por una bandera nacional.

    Los siguientes años estuvieron marcados por el fallecimiento de su esposo, en 1913, y por sus renovadas colaboraciones con distintas revistas y diarios, como sería el caso de El Demócrata, dedicado a la literatura el arte y la sociología, a partir de 1914; La Mujer Ecuatoriana, órgano del Centro Feminista La Aurora, de Guayaquil, y Páginas Literarias, editado en la ciudad de Cuenca, en ambos casos, desde 1918. En ese mismo año, fue además invitada a la inauguración de la Columna del Centenario de la Independencia, ubicada en Guayaquil.

    En 1920 concluyó su mandato al frente de la Biblioteca Nacional y, prácticamente sin recursos, comenzó a parcelar un pequeño terreno que le había legado su marido en las inmediaciones de La Carolina, en Quito. En 1923 se convirtió en la única mujer en asistir a la Asamblea Liberal y comenzó a desempeñarse como secretaria en la Dirección de Estudios del Pichincha, puesto que abandonaría en 1925, mientras colaboraba con diarios como El Telégrafo y El Universo. Al siguiente año desarrolló actividades en el Colegio Manuela Cañizares de Quito y contribuyó así a forjar una generación de feministas y activistas sociales entre sus alumnas y compañeras docentes.

    Ya para enero de 1930, y como presidenta fundadora del Centro Feminista Anticlerical de Quito, Zoila generó una gran repercusión cuando recibió a Belén de Sárraga, notable activista feminista y anarquista española, quien arribó al país invitada a dictar dos charlas. La Iglesia emitió una furibunda pastoral en su contra, se difundieron hojas sueltas, y movilizó a los fanáticos quienes al grito de “Al Ejido” reclamaban la quema de ambas, repitiendo lo ocurrido casi dos décadas antes con Eloy Alfaro. El clero ecuatoriano resolvió declarar como Hora Santa el momento en el que la militante española disertaría en el Colegio Mejía, a fin de que el pueblo se reuniera a rezar en las iglesias.

    La intervención oportuna del Batallón Yaguachi impidió la agresión contra las activistas. Finalmente Belén de Sárraga solo pudo dictar una conferencia, muy comentada durante mucho tiempo, y a continuación ella y Zoila encararon un recorrido por varias ciudades del país: durante su estancia en Guayaquil, alcanzó a brindar una charla en el local de la Confederación Obrera del Guayas.

    Junto con otras compañeras feministas como Victoria Vásconez Cuvi, María Angélica Idrovo y Rosaura Emelia Galarza, en 1934 Zoila Ugarte publicó Alas, revista dedicada a la mujer hispanoamericana, de la cual, pese a lo promisorio del proyecto, únicamente lograrían editar dos números. Tres años más tarde, este mismo grupo solicitó una pensión vitalicia para Zoila, quien ya contaba con 73 años y se encontraba en una situación de extrema pobreza: pese a que el gobierno de Federico Páez encaraba una feroz persecución contra la izquierda, la presión pública lo obligó a otorgarle la Orden Nacional al Mérito en el grado de Oficial. En una ceremonia pública celebrada el 24 de mayo, la homenajeada se encargó de recalcar que recibía el premio de parte del gobierno ecuatoriano, y no de su presidente, a quien como muchos consideraba como un dictador.

    Para 1942, doña Zoila, como era conocida, fue a vivir con la familia de Jorge, su hijo, quien le había dado cuatro nietos: pese a que ya casi no escribía, era una ávida lectora de noticias periodísticas y de literatura en general. Con todo, su vida sufriría un nuevo golpe cuando, en 1962, su hijo murió de cáncer al estómago.

    Deprimida pasó sus días recluida en el convento de las madres franciscanas y permaneció allí hasta 1968, cuando uno de sus nietos la llevó a vivir con su familia. Zoila Ugarte falleció el 16 de noviembre de 1969 como consecuencia de un paro cardiaco: tenía 105 años.

    El próximo sábado se cumplirán 44 años de la muerte de esta pionera de la izquierda y del feminismo ecuatoriano. Vale recordarla como lo hiciera su amigo, el escritor Justino Cornejo, en la breve biografía de Zoila Ugarte que publicó en 1938: “Vive sola y en pobreza, en un cuarto lleno de libros y papeles, cuidada por su hijo. Invariablemente vestía de negro, de ordinario envuelta en su tosco sobretodo oscuro, con sombrero noche y día, sola o acompañada por su cordial amiga María Angélica Idrovo. Se le veía de tarde en tarde por esas silenciosas y tristes callejas de Quito, testigos de sus afanes, sus ensueños y sus glorias.

    Pequeña de talla, enjuta de carnes, quemada su tez por ese implacable sol tropical, negra y ensortijada su antes abundante cabellera, con mucho polvo en el rostro y mucha tristeza en la mirada”.