Tomada de la edición impresa del 07 de marzo del 2010

Memorias del crimen

  | Ilustración: Kleber Flores / El Telégrafo

Ilustración: Kleber Flores / El Telégrafo

Unos años antes del asesinato de Isaías, yo mismo, a mis diez años de edad, viví un episodio de criminalidad ejecutado por fuerzas policiales, algo que entonces no era raro.


 
 Si no recuerdo mal, fue la filósofa francesa Simone Weil quien llamó la atención sobre la insuficiencia de la declaración principal de los revolucionarios de su país de 1789. Los derechos del hombre, proclamados entonces, debían ser completados, pensaba Weil, con una definición y nómina de los deberes fundamentales. Hay deberes, y nadie debería olvidarlo; tampoco los artistas. Yo tardé demasiado tiempo en entenderlo. Todos tenemos deberes con nosotros mismos, con los otros, con el país y con el género humano. No quiero parecer solemne. Es cierto: a veces la época es tan dura que nos incita a un repliegue, y así abandonamos nuestros deberes. Creo que mi generación faltó a los suyos. Lo he dicho otras veces. Cuando yo vivía en Guayaquil, fui parte de un pequeño grupo de escritores que abandonaron sus tareas de ciudadanos y de escritores azuzados, tal vez, por el miedo, por la compunción del alma. Hace poco evoqué en estas páginas la época en que en Ecuador se escuchaban cuñas radiales en que se repetía violentamente la frase: “Basta de bestias”. Las ‘bestias’, claro, eran algunos ciudadanos, y el anunciante, el gobierno. Era la época de los escuadrones volantes, Alfaro vive y Nahim Isaías, ‘el Rey’, en mi alegoría. ¿Qué saben los jóvenes de hoy de esa época? ¿Vamos a dejar que se olvide? ¿Van a permitir el país y su gobierno que se borre la memoria de esos años de horror? ¿Han de ignorar los ecuatorianos de mañana lo que fue ‘la masacre de Aztra’, por ejemplo? Ojalá que esos tiempos no se olviden y nunca vuelvan. 

¿Han de ignorar los ecuatorianos de mañana lo que fue ‘la masacre de Aztra’? Ojalá que esos tiempos no se olviden y nunca vuelvan


 Unos años antes del asesinato de Isaías, yo mismo, a mis diez años de edad, viví un episodio de criminalidad ejecutado por fuerzas policiales, algo que entonces no era raro.  Aquella vez, en Milagro, cuando empezaba a oscurecer, acabábamos de jugar al fútbol en uno de los patios del barrio y volvíamos a nuestras casas, yo a la de mis abuelos. Estaba a punto de abrir la puerta del jardín cuando oí gritos en el aire, en la calle. Vi a lo lejos, bajo un manchón de luz, un gentío que se desplazaba hacia un lado y hacia otro, delante de la casa de los Centeno. Era una esquina caliente, en la que siempre pasaba algo, algo escurridizo, relacionado a menudo con el viejo Mendoza, un junco arrugado y prieto de apariencia inquebrantable. Era masajista; la gente entraba a su casa con sus brazos y sus piernas colgando, rotas o zafadas, y se iba con medio cuerpo vendado. Cuando vi el tumulto decidí, curioso, acercarme, con un mal presentimiento, con mis chancletas ruidosas, demasiado grandes para mí, y con mi camiseta retorcida y húmeda colgando de la mano, como un extraño animal recién domesticado. La calle estaba cubierta por una capa de grava que impedía caminar velozmente. Al llegar encontré a los González, dueños del policlínico de la esquina, a los Murillo, los Pazmiño, los Guevara, a medio barrio: todos alarmados, lanzados a la calle con el ansia en el rostro, con el presentimiento de que fuera otra vez una historia del Chueco, él único capaz de movilizar a tantos de nosotros a las siete de la tarde, la hora de la novela. Estaba en boca de todos, el Chueco, que ahora escapaba descamisado por los patios, como un gato montés en la sabana; como un espectro, corría entre el ladrido de los perros, el cloqueo de los patos, el azoro de los pavos, esos animales lentos, ensimismados, que yo, en el camino hacia la escuela, solía contemplar imaginándolos de alguna estirpe noble, en decadencia, y que en ese momento, al oírlos, más en mi mente que en la noche, imaginé ladeando el cuello y alzando la cresta, regurgitando por el susto ante el inusitado alboroto de los hombres. 

 En medio de ese escándalo, el Chueco saltaba cercas, empujaba puertas y ventanas, entraba y salía de casas de ladrillo sin estucar, refugio de familias pobres, que en esos instantes, llenos de pavor, intentaban escapar hacia la calle. Era astuto; más escurridizo que veloz, el chueco. De noche visitaba gallineros del vecindario arramblando animales y herramientas. Llevaba meses sorprendiendo una casa cada noche, sin que nadie atinara a prevenirlo ni a impedirlo, como un zorro (con quien algunos le encontraban parecido físico) que hubiera aprendido a burlar todas las trampas.

...se lanzaban a implorar que nadie tirase del hilo de sus vidas y así no aparecieran sus numerosos y desconocidos horrores


En cierto momento alcancé a ver su figura marrón sobre un fondo de muros bajos, hechos de ladrillos musgosos o cañas secas: patucho, de músculos hinchados y pantalón corto, adelantaba el pecho mientras agitaba brazos y piernas como las ruedas de una máquina, aireando el pelo zambo y una barbita larga y rala. Detrás iban tres o cuatro policías, de civiles. 

Alguien vio al Chueco aquella tarde sesteando en una hamaca con su mujer, la mayor de los Mendoza, y ahora se amparaba en la oscuridad y en sus piernas ágiles, en su velocidad y su audacia. Nosotros, sus vecinos, sus víctimas, ahora también sus testigos, intentábamos seguir el movimiento de su sombra y la de sus perseguidores. De repente hubo un clamor. Oímos un grito. Apreté los puños, cerré los ojos y volví a ver al Chueco, arrinconado. Arrodillándose ahora. Pensé que habían llegado al fin del callejón, a la boca del pozo. Yo conocía ese patio. Sentí el fango en mis pies. Escuché, o recordé, gritos y promesas, el gimoteo fingido pero agónico que escuchara ya otras veces. No del Chueco sino de los numerosos ladroncitos que, cazados por mala suerte, se lanzaban a implorar que nadie tirase del hilo de sus vidas y así no aparecieran sus numerosos y desconocidos horrores.   

Estaba a punto de llover. El silencio, indeciso, empezó a ser piadoso. 

 Cuando se oyeron los disparos hubo un estremecimiento en el gentío. Como si las explosiones se hubieran producido en el cuerpo o la mente de cada uno de nosotros y no fuera, en el callejón que da al pozo. Fueron cuatro o cinco. Cuatro o cinco tiros que yo a veces recuerdo, que a veces retumban en mí. Cuatro o cinco tiros, marcas de mi vida.

Sentí en las  mejillas las primeras gotas. Eran tibias.

Nadie se movió. Sólo el viejo Mendoza encendió una vela. Con sus manos prietas protegió una llama que parecía tener más fuerza que el aliento amarilloso de la farola. El silencio quedó destacado por el ocre de la llama. Desde las tinieblas del fondo salieron los perseguidores. Llevaban camisas blancas de mangas largas, lo que les daba cierta solemnidad en ese tiempo de calor invernal. Caminaron en medio de una expectación tensa, con la testa gacha, sin mirar a nadie, uno detrás de otro, y se hundieron otra vez en el espacio oscuro.

Nadie les dijo nada.

En los primeros minutos no nos atrevimos a entrar al callejón, aunque las puertas abiertas de las casas eran un atajo rápido. Yo volteé la cara humedecida y miré al frente, alrededor, atrás. Vi la lluvia caer con más tristeza; vi al flaco Mendoza, compañero mío de la escuela, con los ojos desconcertados y la boca entreabierta. Una sombra trémula cubría su rostro. No estaba su hermana, la mujer del Chueco. En un balcón, don Hernández, el dueño del taller de muebles, sonreía, con sus collares ostentosos y sus dientes de oro.
Mario Campaña

Escritor