Tomada de la edición impresa del 11 de octubre del 2009

Juegos de Proteo, L’ Hirondelle y otras cuestiones

  | GRÁFICO: ALEXIS OLIVO / El Telégrafo

GRÁFICO: ALEXIS OLIVO / El Telégrafo

Un libro excelente, pues, con una prosa que se paladea línea por línea, una demostración de talento y oficio del autor. Hay que leerlo.


 
No voy a comenzar como se debe, es decir, por el principio, sino por donde siempre, esto es, por mi manía obsesiva por lo insólito y lo mal que leemos y escribimos. Palante pues: Se oye a cada rato decir “se posesionaron a los jueces, se castigaron a los delincuentes, se buscaron a los extraviados, hubieron goles, hubieron víctimas,” etcétera. Un joven cantante, al que los periodistas de la farándula califican de muy atractivo, confiesa (?): “A algunas les gusto, a otras tampoco no les gusto.” ¿Qué habrá querido decir? ¿Les gusta a todas o será que a “algotras” no? Que le entienda la que... y sigamos: Un pobre señor de apellido Barril está condenado al hambre perpetua porque si engorda la gente creerá que su apelativo es un apodo; es el colmo que el punto de discordia territorial entre dos provincias sea la población de La Concordia; Ecuador, país de hazañas: en efecto, no somos grupalmente coherentes, salvo la selección de fútbol, las organizaciones indígenas, las trabajadoras sexuales sindicalizadas, la pasión nacional por el Barcelona, la UNE y, por ahí, algo más. El resto son hazañas individuales: Rumiñahui, Espejo, Juan Bautista Aguirre, Olmedo, Manuelita, Andrés Gómez, Jefferson Pérez, los Cuatro Mosqueteros del Guayas – la “lancha” Alcívar; el “pechón” Planas y los “grillos” Gilbert-, Lorena Bobbit (¿por qué no, siempre que no sea con uno?), etcétera. La del estribo, es decir, a post data: Ecuador eliminó a Brasil en la Copa Davis, con un equipo de dos tenistas que hicieron singles y dobles, contra cuatro de Brasil (dos de individuales y dos de dobles). Nicolás Lapentti, primera raqueta ecuatoriana, le ganó a la también primera de Brasil, Marcos Daniel, por 6-4, 6-4, 1-6, 2-6, 8-6, en cuatro horas y cuarenta y tres minutos, después de haber disputado un singles de tres horas y media y el dobles, de igual duración. ¡Una auténtica hazaña!
Proteo, dios marino hijo de Poseidón, tenía el poder de cambiar de forma a voluntad, y a él se acoge Juan Valdano para escribir su libro de ficción más reciente: Juegos de Proteo (Fundaval, Quito, 2008), en el que nos entrega nueve textos al modo (forma) que quiere -gótico, renacentista, amazónico (de propia invención), jipi (no histórico), andino (regional), etcétera-, más un postfacio (Fuera de juego), interesante pero innecesario.

Este volumen podría llamarse Juegos de Valdano, pero entendiéndose que son juegos a muerte (de gran riesgo), de los que, por su maestría y solidez de narrador, sale muy bien librado. Con un nivel sostenidamente alto, Valdano nos deleita con sus “fantasías” (así llama él a sus nueve cuentos, sobria y sabiamente logrados, propositivamente construidos en homenaje a diferentes modos expresivos, y sin embargo dueños de una grata fluidez y naturalidad) entre las que destacan, a mi parecer, “ No lo digas a nadie, Euriclea”, “La gran farsa del mundo”, “Demetrio el inmortal” y “Jonathan Jus”, de cortes homérico, barroco, romántico y apocalíptico, en su orden.

Un libro excelente, pues, con una prosa que se paladea línea por línea, una demostración de talento y oficio del autor. Hay que leerlo.

Recibí en estos días L' hirondelle -La golondrina- (L' Act MBM, París, 2009), novela de Dominique Meens, escritor francés que estuvo hace algunos años en Guayaquil, con quien hice una muy buena amistad. En mi más reciente libro de cuentos, La cabeza del náufrago, organicé uno de mis textos con palabras de él, dándole, con enorme afecto, el crédito correspondiente.

Dominique Meens nació en 1951 y es autor de los siguientes libros: Ornithologie du promeneur (Ornitología del paseante), Aujourd' jui je dors (Yo duermo), Aujourd' jui demain (Hoy mañana) y Aujourd' jui ou jamais (Hoy o nunca). En el 2004 obtuvo el Prix Hercule de París por Aujourd' jui je dors, publicado el 2003.

Qué joven que es Dominique, pienso, pero me doy cuenta de que no es así, tiene 58 años de edad, y ya no se cuece con el primer hervor. Lo que sucede es que yo soy muy viejo.

“Yo soy el Ayer y conozco el Mañana; los dioses pues, no se oponen a mi progresión”, dice El libro de los muertos, y agrega “(...) no moriré por segunda vez en el Mundo Inferior”. Eso me basta para bajar tranquilo al más allá, donde “respiraré el aire” y no volveré a morir. No me molestarán los demonios con cabezas de cocodrilo, como lo hicieron acá arriba, depredadores feroces.

Paso, entonces, a Tratado del amor clandestino (Consejo Provincial de Pichincha, Quito, 2008), de Francisco Proaño Arandi, en la que un joven busca a su padre, señalando en las primera líneas del relato: “Veinte años durante los cuales has faltado papá: Tú solo te fuiste. Pero yo permanecí allí, rodeado de mujeres”. Esta es, pues, la historia de esa búsqueda, de esas mujeres que rodeaban, al muchacho, del porqué del abandono del padre, de las formas del amor clandestino.

Libro de elegante y sobria escritura, complejo por el número de historias y de personajes, incluye la ominosa cordillera de los Llanganates como una metáfora de la vida, en cuyas montañas: “Equivocadamente pensamos que somos nosotros los que decidimos cada mañana, o cada noche, el derrotero a seguir. Ilusos.

Nada aquí puede ser prefigurado o previsto, ni siquiera la inclinación de la brújula, cuya aguja, en cualquier momento, en puntos seguramente significativos,
puede comenzar a girar, enloquecida, incontrolable”. Como en el caso del abandono del padre y su amor clandestino que, igual que la vida o el amor, desemboca “donde ya no existe el tiempo y nos precipitamos en el uno primordial”, es decir en “el sin tiempo, el vacío, la nada”.

Novela que hace pensar, que exige no una sino dos, tres... lecturas para desentrañar la compleja resonancia de sus sentidos, Tratado del amor clandestino demanda un lector cómplice, como quería Cortázar. Vale la pena sumergirse en esa complicidad.
Miguel Donoso Pareja

Escritor