La bufanda del sol, a lo poetas de Madrugada, los narradores del Grupo de Guayaquil cumplían la época del vatincinio.
Qué feo (“feyo” diría el Piporro) se ve y se oye eso de plus (¿yapa?), pero así se dice ahora y yo, por dármelas de moderno, de amplio... basta, no va más, y a lo ofrecido.
En estos días cercanos a mi doble lucky seven -77 abriles (ya sé por qué afirman que abril es el mes más cruel), he leído. Cuerpos guardados (b@ez.editor.es, Guayaquil / Quito, 2008), de Maritza Cino, y en él contrastan el equilibrio y la transparencia de los poemas que lo integran así como la ironía inquietante de los textos en prosa que lo complementan, agónicos y situacionales, pero orgullosamente discretos siempre, luminosos, incluso dentro de su propositiva opacidad con el grotesco del cuadro de Ensor escogido para la portada que induce amarillistamente al lector a esperar contenidos caricaturescos. A pesar de esto, el volumen se sostiene en su tesitura.
El otro libro que he leído es La muerte de Caín (CCE, Quito, 2007), de Ernesto Carrión, guayaquileño como Maritza Cino, en el que la palabra adquiere autonomía, rebasa las acciones en tanto unidades con relación de causa y efecto en el discurso y cargada de significancia, exige lexías (unidades de lectura) para producir significados. Por eso, La muerte de Caín tendrá tantas lecturas como lectores, más allá de la intención autoral y sometido a todas las traiciones posibles. Así, la piel del texto como recubrimiento, oculta y desentraña, en forma simultánea, lejos siempre de lo metonímico y drásticamente en lo metafórico, la poética subyacente del lenguaje.
He releído –y gozado- Correspondencia 1, Cartas a Benjamín (Municipio de Quito, Dirección General de Difusión y Cultura, Quito, 1995) compilación del Centro Cultural Benjamín Carrión, prólogo de Jorge Enrique Adoum. En ellas se dirigen admirativa y elogiosamente a Carrión personalidades como Unamuno, Silva Herzog, Asturias, Alfonso Reyes, Nicolás Guillén, Roa Bastos, Picón Salas, etcétera. Teresa de la Parra le dice en 1930: “Escribe usted con claridad, con verdadero espíritu analítico, se siente que ha leído con atención y simpatía de alma, descubriendo lo que quedó medio escondido (…) para despertar en el lector el interés”. Otros expresan: “(…) sobre todo, usted posee un fervor que quiera Dios guardarle entero” (Gabriela Mistral, 1927), “(…) su ferviente amigo y admirador” (Ramón Gómez de la Serna, 1939), “(…) al recibir –gratísima sorpresa- su magnífico y cabal estudio biográfico del Santo del Patíbulo, leí sus principales pasajes con verdadera avidez y experimenté júbilo intenso al seguir punto a punto la argumentación rigurosa, el contenido de los hechos narrados y el análisis magistral del personaje” (Roberto Agramonte, 1960), y “Por lo que veo usted no se acuerda de mí, pero yo sí lo tengo muy presente. Tuve el gusto de conocerlo hace algunos años en un hotelito de París, adonde fui a entrevistarlo para las emisiones de la radio-televisión francesa, en cuyo departamento latinoamericano trabajé varios años. Le aseguro que charlar con usted fue una de las mejores cosas que me ocurrieron mientras desempeñaba ese puesto” (Mario Vargas Llosa, 1967).
Por estas alturas se movía Carrión, respetado y admirado, a tal punto que Germán Arciniegas le escribiría en 1956: “(…) en materia de generosidad creo que no se den en nuestra América dos casos como el tuyo. Una vasta porción de tus libros está consagrada a elogiar a tus hermanos en las letras, en algunos casos con desbordante benevolencia (esta benevolencia es uno de los pocos defectos que se le imputan). Así, don Benjamín (nunca pude llamarlo de otra manera) promovió a nivel continental y de Europa a Carlos Fuentes (eran los años de La región más transparente) y a otros grandes de la literatura (Revueltas, Efraín Huerta, Arreola, Rulfo, etcétera) y de la cultura (el muralismo, Frida Kahlo, Leonora Carrington, el teatro, etcétera) mexicanas, y difundió allá la actitud de los Tzánsicos, las revistas Pucuna y La bufanda del sol, a lo poetas de Madrugada, los narradores del Grupo de Guayaquil, a Pablo Palacio, César Dávila Andrade y Jorge Enrique Adoum, cumpliendo de esa manera el vatincinio que le hiciera en 1933 José Diez-Canseco: “Vas a hacer una gran labor en México. Vas a encontrar ambiente y vas a hacer muchas cosas bellas… México es sin disputa el primer país latinoamericano”. Y así fue (y es).
Ahora la yapa (el plus), corta y medio zoqueta pero ahí les va. Junio 23, Canal 1, noticiero de la una pm; “El vil asesinato”, y “se capturaron a varios sospechosos”; el mismo día Ecuavisa: Telemundo, expresado por un testigo: “Conducía un varón, junto a él una dama y atrás un fulano”.