Tomada de la edición impresa del 30 de junio del 2008

William Burroughs en Ecuador

Ilustración. |

Ilustración.

“El papa” lo llamó la cantante de rock Patti Smith, “el papa del punk”.


 

La influencia de William S. Burroughs (St. Louis,  Missouri, 1914–Lawrence, Kansas, 1997) en la cultura anglosajona y desde allí en toda la cultura contemporánea es tan vasta y diversa que es difícil ponderarla adecuadamente. Los ‘Beatles’ le rindieron homenaje incluyendo su rostro en la portada del álbum Sargeant Pepper’s Lonely  Hearts Club Band, de 1967. “El papa” lo llamó la cantante de rock Patti Smith, “el papa del punk”. Fue uno de los mentalizadores de la contracultura, aparecida en los años cincuenta en Estados Unidos y Europa y proyectada desde allí a todas las zonas de influencia de Occidente.

En 1953, Burroughs estuvo de paso por Ecuador. Sus impresiones quedaron anotadas en Las cartas de la ayahuasca y son en general desdeñosas: “Ecuador está realmente en las últimas. Sería mejor que el Perú ocupara el país y lo civilizara”, dice en una de ellas; en otra afirma que en Ecuador “nadie admite que le pase nada a su maldito país”. Sin embargo, en su novela Marica, publicada  tres décadas más tarde, hizo una anotación que merece un comentario aparte. “La ciudad [Guayaquil], como todo Ecuador, producía una impresión de curioso desconcierto. Lee sentía que allí ocurría algo, que se le ocultaba una corriente subyacente de vida. Aquella era la zona de la antigua cerámica chimu, donde los saleros y las jarras de agua constituían obscenidades indescriptibles: dos hombres a cuatro patas practicando sodomía formaban el asa de la tapa de una olla de cocina”.  

“Obscenidades indescriptibles”: He ahí a uno de los escritores más subversivos del siglo XX, un homosexual emblema de la trasgresión y el enfrentamiento cáustico, un hombre que frecuentó los barrios bajos de New York, escandalizándose ante la naturalidad con que vivían y representaban el disfrute entre hombres nuestros antepasados precolombinos. No le faltaban motivos, a Burroughs: en las sociedades pudorosas que él conocía entonces, en New York, París, Viena, Budapest, no era siquiera imaginable una libertad como la que constataba en el pasado del “maldito país”. La cultura norteamericana y europea debía –y debe- aun dar pasos importantes para llegar al grado de evolución cultural alcanzado en estos territorios siglos atrás.

Al agudo olfato de Bu-rroughs no le pasó por alto que, pese a todo, una “corriente subyacente de vida” conectaba el pasado precolombino y el presente de decadencia, una energía subterránea, resistente y al fin y al cabo esperanzadora, pues provocaba que allí “ocurriera algo”.

El paisaje de las montañas y la selva, la vida pasada y presente de las pequeñas ciudades del trópico americano de los años cincuenta dejó en Burrogouhs una honda huella. Buena parte de su narrativa posterior ocurre en un lugar llamado “Interzona”, un lugar geográfico y simbólico inspirado precisamente en la población amazónica de Puyo.

Burroughs deseó vivir en Sudamérica, pero la vida lo arrastró hacia Tánger donde, en largos y agónicos años, hizo su descenso a los infiernos e inició por fin su auténtica vida de escritor. Allí, con la ayuda de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, terminó El almuerzo Desnudo, punto de partida de su obra de visionario, que terminó de plasmar en la trilogía conformada por  Ciudades de la Noche Roja (1981), El Lugar de los Caminos Muertos (1984) y Tierras de Occidente (1987).

Burroughs veía a las sociedades occidentales afectadas por un incontenible proceso de autodestrucción. El mal habría comenzado con la industrialización, “un modelo de cáncer dedicado a producir réplicas idénticas en una cadena de montaje”. Sus profecías acerca del futuro de esas sociedades eran sombrías. En las tierras de Occidente, lo humano, el hombre, tal y como lo ha conocido la historia, desaparecía. En su última novela tomó como referencia a un solo país, un lugar en quiebra: “no hay oro en las arcas, y están emitiendo un papel moneda que no tiene respaldo. Así que se produce un hundimiento y el dinero no sirve ni como papel para un cagadero”, escribió.

Según el narrador de sus novelas, contadas desde el futuro, en el mundo occidental pasó lo mismo: “Estaban emitiendo material humano fraudulento. Sin nada que lo respaldara. Sin oro”, asegura.

A lo largo de su vida Burroughs, mentalizador de la contracultura y uno de los promotores del movimiento beat y hipie, tuvo siempre en mente la recuperación del oro humano. En la trilogía mencionada superó la visión individualista adoptada en los años cincuenta y sesenta e incorporó a su narración comunidades libres pero estigmatizadas, como la de los piratas. Bogó por que se librara el combate en los lugares donde se organiza la existencia, en sus niveles más profundos, para recuperar aquella “corriente de vida” capaz de impedir que el hombre fuera una réplica del hombre. Había que desenterrar aquella corriente y abolir todo cuanto la subyugara.

Una de sus tesis más insistentes se refiere al lenguaje. La palabra, según creía Burroughs, es un factor de control aprovechado por los detentadores del poder: un virus, un agente de adicción.

Según su visión, el virus, es decir, las frases, controlan el pensamiento, los sentimientos y las impresiones sensibles “del huésped humano”. Para oponerse a ello “hace falta silencio; sustituir palabras, letras, conceptos por otros modos de expresión, como los colores; el hombre debe deshacerse de las formas verbales para alcanzar la conciencia”, declaró Burroughs en una entrevista. “Intentamos destruir todo sistema verbal dogmático”, dice en un artículo publicado en la revista Mayfire.

Uno de los personajes de Tierras de Occidente invoca en su camino “al Dios de la Segunda Oportunidad y la Oportunidad Última, el Dios del combate singular”. Un combate que tal vez hoy, en este tiempo, esté aún librándose.

Mario Campaña

Escritor
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