Tomada de la edición impresa del 22 de junio del 2008

De poéticas y egos, un puerto y un pueblo de ciegos

   | ILUSTRACIÓN: KLÉBER FLORES / El Telégrafo

ILUSTRACIÓN: KLÉBER FLORES / El Telégrafo

Como las poéticas son abordadas desde el punto de vista de la experiencia personal de diferentes autores sobre su especialidad.



Acaba de aparecer (Universidad de Cuenca, abril del 2008) Memorias del Noveno Encuentro sobre literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, en cuyos dos volúmenes, de 581 y 491 páginas cada uno, se aborda el tema central de la novena edición del foro: las diversas poéticas (de la lírica, del relato, de la literatura infantil, del teatro, etcétera: todo el primer tomo y 86 páginas del segundo), así como otros rubros (talleres literarios, relato y poesía jóvenes y los seminarios que se dictaron, por ejemplo, en el resto del segundo).

Como las poéticas son abordadas desde el punto de vista de la experiencia personal de diferentes autores sobre su especialidad (un narrador habla de su poética narrativa, un poeta y un dramaturgo sobre las suyas, etcétera) la muestra es una especie de colcha de bregué que va, por lo general, de un egocentrismo tan pedante como, al mismo tiempo, barato y ridículo, de un yoísmo aburrido al otro extremo: un simplismo y una elementalidad que bordea lo anecdótico (mi exposición, por ejemplo). Solo excepcionalmente hay trabajos recomendables: “Mientras las musas duermen”, de María Fernanda Espinosa; “Narrativa policial y globalización, trampolines para imaginar”, de Santiago Páez; “Acerca de la libertad del escritor”, de Mario Campaña; “La escritura teatral: el otro escenario de la poesía”, de Peky Andino; y uno que otro más.

El más atractivo de todos es “La poética del vacío”, de Iván Oñate, a gran distancia de los demás.

En este trabajo, Oñate plantea que lo fundamental de toda poética es “la ruptura con la realidad o, mejor dicho, con las convenciones de lo que acatamos u obedecemos por realidad. De lo que suponemos que es la realidad”. Luego, basándose en la propuesta del chileno Humberto Maturana de que “vivimos en un mundo que nosotros configuramos y no en un mundo que encontramos”, añade –un tanto menos drástico- su convicción de que “todos y cada uno de nosotros creamos la realidad en que vivimos y, de ningún modo, puede existir una realidad completamente independiente de nosotros” sino que “empieza a ser realidad” cuando “es atrapada por las redes de nuestro lenguaje (…) desde el momento en que a ese caos de fenómenos y cosas lo jerarquizamos dentro y a través de un orden simbólico, desde el momento en que discriminamos el antes y el después, el arriba y el abajo, el yo y el tú, la vida y la muerte, lo inorgánico y lo orgánico”, es decir, “organizamos nuestra realidad a través de las estructuras y leyes del lenguaje. La realidad es una existencia semiótica. Una red de comunicación y significación que se va generando dentro de la vida social”.

En este contexto, mientras el lenguaje de la razón es proclive a reconocer los límites de esa jerarquización, “El arte, y especialmente la poesía”, subraya Oñate, “nos invita a poner en entredicho todo límite” y “se erige como el discurso del antipoder (…) La poesía es subversiva porque cuestiona la moral y los dogmas con los que se nutre el poder (…) La poesía es este anhelo por reintegrarme a las fuerzas originales antes de la separación y el desgarramiento. Antes del vacío” (Oñate dixit). De ahí la casi imposibilidad de pergueñar los términos de una poética, digo yo.

En el rubro de los “Imaginarios urbanos” (segundo tomo, páginas 157 a 175), cabe destacar un excelente trabajo de Raúl Serrano: “Poética de la ciudad en la narrativa vanguardista de Humberto Salvador”, el autor guayaquileño, que fue coetáneo de Pablo Palacio dentro del realismo abierto bretoniano, con dos volúmenes de cuentos - Ajedrez (1929) y Taza de té (1932)- y la novela. En la ciudad he perdido una novela (1930); Salvador fue además un estudioso de Freud y pionero solitario del psicoanálisis en el país. Serrano enfatiza con acierto que Esquema sexual (1933), su tesis doctoral en jurisprudencia, y sus tres títulos de ficción, son “textos que corresponden y convergen en todo lo que las vanguardias de su tiempo postulaban” y “convierten a Salvador en un autor de excepción, al igual que lo es Palacio, dentro del movimiento renovador e iniciador de la  nueva literatura ecuatoriana” en aquellos años. “Pablo Palacio y Débora: la ciudad, la mujer, la escritura”, de Alicia Ortega, es un trabajo paralelo y complementario del anterior. En otra tesitura y material son también valiosas aportaciones “Epopeya, juego y tragedia en La Araucana, de Gilberto Triviños A. y “Disputas por el pasado, la nueva novela histórica latinoamericana y sus manifestaciones en el Ecuador”, de Claudio Maíz.

De yapa, un par de párrafos sobre Poso Wells (Eskeletra, Quito 2007), extraña pero interesante novela de Gabriela Alemán que da cuenta con ironía, humor y sentido del absurdo, de un lugar cuya “enorme cantidad de lodo ganado al estero era (…) parte del río”, un libro de crónicas de viaje que “tan solo mencionaba Guayaquil como puerto de llegada pero, efectivamente hablaba de un pueblo de ciegos y de un siniestro encuentro con ellos”, se refiere a la “regeneración urbana de la ciudad”, a que ahí “ser león no es cosa fácil, pero es mucho más difícil ser león siendo cordero”, y otras identificaciones entre obvias y oscuras. También –y es lo central de la historia- habla del mitin de un candidato presidencial medio tarado, fácilmente ubicable, que al caerse de la tarima es secuestrado por el submundo de ciegos del lugar. Y punto, no les cuento más para que lean la novela. Vale la pena.
Miguel Donoso Pareja

Escritor
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