Tomada de la edición impresa del 15 de junio del 2008

Artaud: Cultura y revolución

Ilustración. | Ilustración: Carlos Proaño

Ilustración: Carlos Proaño

Ilustración.


 
Si la meta fuera salir puro de la vida, Antonin Artaud (Marsella, 1896-París,1948) habría estado a punto de alcanzarla; fue un hombre a quien los demás hombres podríamos elegir para hablar en nombre de todos, en defensa de todos, en un hipotético juicio universal. Sin pretexto alguno, la Biblioteca Nacional de Francia le dedicó hace poco una gran exposición retrospectiva; no hacía falta apelar a aniversarios para evocar fructíferamente a uno de los iconos de mayor vigencia de la cultura francesa del siglo XX, un actor, poeta, agitador social, innovador del teatro, pensador de la alienación y teórico de la revolución: un insurrecto.

Uno de sus más arduos debates tuvo lugar entre 1925 y 1927, frente a sus ex compañeros  surrealistas -recién afiliados al Partido Comunista-, en torno a un hecho que entonces parecía posible: la revolución. Artaud acusó a los surrealistas y a todo el  comunismo de concebir la revolución como “una simple transmisión de poderes”, “una forma bastarda y abyecta de realismo”. El marxismo le parecía “el último fruto podrido de la mentalidad occidental”. Su fórmula más concisa  quizá sea la utilizada en A la Grande Nuit ou le Bluff Surréaliste (En la gran noche o el engaño surrealista): “Las fuerzas revolucionarias de un movimiento cualquiera son aquellas capaces de desquiciar el fundamento actual de las cosas, de cambiar el ángulo de la realidad”. En un texto posterior escribió: “el revolucionario superior sabe que en el combate que él lleva a cabo, el espíritu burgués no está tan alejado del espíritu proletario y que los dos en definitiva se valen bien”. “Hay muchas  maneras de entender la revolución… No me importa en absoluto –insistió- … que el poder pase de manos de la burguesía al proletariado. Para mí la revolución no es eso (...) Esa es una revolución de castradores”. Artaud no creía en una revolución puramente material, política o económica; lo que llamaba “las raíces del mal” estaba arraigado, según él, en un  nivel más profundo. Le preocupaba la “facilidad anormal introducida en el intercambio de hombre a hombre, que ya no deja al pensamiento el tiempo de recobrar su propia raíz”.

Las ideas de Artaud fueron valoradas en las décadas siguientes por diversas tendencias de la izquierda internacional y hoy, en nuestro país, no está de más recordarlas. Es cierto: en la Francia de los años veinte la situación no era idéntica a la del Ecuador de principios del siglo XXI. Aquí, sin duda las primeras tareas de un gobierno basado en principios revolucionarios son las relativas a la alimentación, la salud y la educación de la mayoría de los ciudadanos, cuyas condiciones actuales constituyen un escarnio para todos. Ninguna persona honesta podrá negar esa prioridad absoluta. Pero nadie sensible ante la realidad del sufrimiento podrá negar la existencia de otras fuentes del dolor humano. No debemos olvidar el efecto destructivo, mortal, que ha tenido para la vida familiar e individual la cultura que los dirigentes de la economía y la política (no solo de la esfera pública sino principalmente de la privada) han hecho imperar en este país: la cultura del dinero y el lucro, el egoísmo individualista y los placeres.   

En la Francia de hoy, como en los demás países del mundo industrializado, el diagnóstico que en su momento hiciera Artaud parece cada vez más vigente, y debe convocarnos a la reflexión también a nosotros, que tendemos a seguir los mismos  patrones de organización económica y social y padecemos las emanaciones de aquella perniciosa cultura: “Demasiados signos nos muestran que todo lo que nos hacía vivir ya no nos hace vivir, que estamos todos locos, desesperados y enfermos”, escribió Artaud en No Más Obras Maestras. En ese mismo texto condenó “la poesía individual [léase el arte y la cultura], que solo compromete a quien la hace y solo en el momento que la hace”.

Tanto o más que en las fuerzas sociales, Artaud confiaba en las energías internas, en lo subterráneo y reprimido, en el cuerpo y la psiquis. Lo “reprimido”, para él, podía tener un poder social liberador si conseguía “manifestarse en una suerte de proyección material”. Buscar una existencia según un orden más profundo, “un orden que no forme del todo parte de la muerte”, reclasificar o, más bien, desclasificar la vida, “desvalorizar los valores”, “cambiar el ángulo de la realidad”: he ahí un camino, capaz, acaso, de superar el espíritu tanto del burgués como del proletario. En ese camino la cultura debía jugar un rol decisivo.

No, por supuesto, una cultura burocrática, repetitiva, siempre idéntica a sí misma, pues esta solo reproduce y fortalece formas heredadas, cómplices de la dominación; no una cultura ajena a la vida, en que el pensamiento y el mundo están separados; no una cultura de libros, vacía, carente de sustancia y por tanto no apta para la existencia; no la cultura de la escisión y la forma. Esa cultura contribuyó a estructurar una forma de vida y de sociedad que nos llevó a todos a un callejón sin salida.

Artaud sintió profundamente la necesidad de una nueva cultura. Fundó el “Teatro de la crueldad” y escribió guiones cinematográficos, confiando en el poder catártico de las artes escénicas. Después admitió que esa forma de lucha era insuficiente. En 1936  decidió embarcarse hacia México, a buscar entre las comunidades indígenas “bases vivas para la cultura”. En Chihuahua convivió con las comunidades indígenas de la sierra Tarahumara. Lo que halló o no halló entre los indígenas es otra historia. Ahora, como entonces, se trata de pensar de qué hablamos cuando hablamos de revolución, si estamos impulsando una cultura que perpetúe la dominación u otra revitalizadora, que ofrezca esperanzas a la vida profunda de la sociedad ecuatoriana. La Biblioteca Nacional de Francia no necesitó pretextos para actualizar esa discusión a través de uno de los pensadores que más directamente enfrentaron el tema. Nosotros tampoco habríamos de necesitarlos. Nuestro tiempo nos obliga a ello. 
Mario Campaña

Escritor
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