La actriz fundadora del Festival de Bogotá murió a los 85 años.
A los 85 años, se fue Fanny Mikey, la madre del teatro colombiano e iberoamericano. La gente en Colombia dice que se fue porque “una artista como ella nunca muere, simplemente se va a otras latitudes, pero su imagen queda grabada para siempre”. Y es verdad. Bastaba apreciar en las calles aledañas a la Plaza de Bolívar de Bogotá, cuando el día de su sepelio se convirtió en un carnaval de esos que siempre precedían al Festival Internacional de Teatro.
Como en los últimos 50 años, Fanny estaba otra vez el día de su muerte en las emisoras de radio, en los noticieros de televisión, en las páginas de los periódicos, en el mundo virtual. Alguna vez, un entrevistador con aires de inquisidor le preguntó que cómo hacía para mojar tanta prensa durante tanto tiempo. Ella, humilde, le respondió: “No ser política y las ganas con las que me levanto cada día. Esa energía es la que me hace ser protagonista, así no haya prensa, ni radio ni televisión. Yo solita me invento y protagonizo”.
Y así fue. Ninguna mujer como Fanny se reinventó tanto, hasta que la muerte la visitó en Cali. Quince días antes de su fallecimiento, en esa capital ardiente (a la que llaman “la sucursal del cielo”), a 500 kilómetros de la fría Bogotá, esta mujer menuda llegó para protagonizar su último papel: el de ella misma agonizante, luchando hasta el último momento en una lúgubre habitación de hospital.
Un mes antes, el público que llegó de todo el mundo para participar en el Festival Internacional de Teatro, la vio de noche volando como un ángel en el centro de la plaza de toros La Santamaría de Bogotá, pendiente de unas cuerdas que le sirvieron como alas.
Esa era otra vez la actriz, la misma que recorrió las tablas de los principales escenarios de Latinoamérica, desde Buenos Aires hasta Caracas, pasando por Quito, Lima, Santiago, Bogotá, Medellín y Cali, pero que en cualquier momento daba el salto hasta Moscú, París o Madrid, para contratar a los mejores teatreros y llevarlos hasta la capital colombiana.
“Como actriz se paseó triunfante por muchos países. Pero como empresaria de teatro era inigualable. Su pujanza y dedicación no tenían límite”, recuerda Darío Osorio, uno de los actores colombianos que surgió de la mano de Fanny. De origen argentino pero con el alma continental, llegó a Colombia en 1959 de la mano de su gran amor, el actor argentino Pedro Martínez, para trabajar en televisión, pero también con el Teatro Experimental de Cali, del maestro Enrique Buenaventura.
Y así fue. Ninguna
mujer como Fanny se reinventó tanto, hasta que la muerte la visitó...
Fanny regresó a la Argentina en 1967. Pero el recuerdo vivaz de las realizaciones, los afectos y las querencias de su experiencia colombiana harían que regresara a Bogotá al siguiente año. Es en esta época cuando se vincula al Teatro Popular de Bogotá, contribuyendo a construir, con Jorge Alí Triana, el primer grupo profesional de teatro colombiano. Y con Las Posaderas de Goldoni, desempeñándose en su doble papel de actriz y empresaria, logra el milagro de mantenerse por tiempo indefinido en cartelera.
Triana, hoy uno los más connotados directores de teatro y de televisión (Edipo alcalde) dice que “a Fanny no se le podía negar nada. Ella era muy testaruda, inquieta, por donde se metía quería salir. Además, con una personalidad arrolladora, pasaba por encima de todos como un huracán. Pero gracias a ese empeño fue que construyó todo lo que hoy es el teatro en Colombia y Latinoamérica. Lo que ella hizo fue para proyectar el teatro latinoamericano al mundo”.
Y vino entonces la época de La Gata Caliente, de los café conciertos. En una pequeña sala, Fanny montó su experimento de Mamá Colombia, que aún hoy recrea la realidad política del país con pasmosa actualidad. Como mujer activa y alma de empresaria, en 1978 le propuso a un grupo de amigos comprar el cascarón de una vieja sala de cine abandonada y, a través de una fundación, construir allí una moderna sala de teatro. La Fundación se llamó Teatro Nacional. Fanny quería hacer un teatro, no para un grupo específico, sino para que sirviera de escenario abierto a todas las manifestaciones e inquietudes que fueran apareciendo tanto en Colombia como en otros países.
En diciembre de 1981, Fanny Mikey logró traer a Bogotá la famosa obra El Rehén de Brendan Beham. Con esa fuerza arrolladora que la impulsaba, en 1987 organizó en Bogotá el primer Festival Iberoamericano de Teatro. Fue un acontecimiento que marcó todo un hito en la historia cultural del país y que, ya en su novena edición, ha tenido repercusiones a escala universal.
Participó como actriz, productora, directora, jurado e invitada en festivales, como el Mundial de Teatro de París, el Festival Internacional de Teatro de Caracas, el Festival Cervantino, el Gran Festival de Ciudad de México y el Festival de Cádiz, el Festival de Avignon, el Festival de Sydney y las Olimpiadas Mundiales de Teatro en Grecia y Japón.
Como directora, sus producciones han estado en el Odeón de París, en Madrid, Cádiz, Maribor (Eslovenia) y Buenos Aires. “La Muerte y la Doncella”, de Ariel Dorfman; “Sin límites”, de Harvey Fierstein; “Monólogos de la vagina”, de Eve Ensler; “Cartas de amor” y “Hombres en escabeche”, de Ana Istarú. Como actriz se ha presentado en Nueva York, Washington, Buenos Aires, Moscú, Roma, Sydney, Colombia, Ecuador y Venezuela.
Uno de los puntos más altos de su gestión empresarial llegó en 1995, cuando les demostró a los colombianos que podía realizar eventos de renombre mundial. Fue cuando logró presentar en el estadio El Campín, de Bogotá, al “monstruo” Luciano Pavarotti.
En una de sus últimas entrevistas, dijo sobre su condición de artista: “El artista es incansable y siempre piensa que su próximo papel será mejor. En función de mutación, yo siempre he sido una actriz muy stanislavskiana, donde todo es un problema de emotividad. Y todo ello tiene que ver con mi vida. Mis mutaciones no han sido muy profundas, sino producto de mis recuerdos y nostalgias. Muchas veces es que he tenido personajes muy fuertes que me han cambiado, como Virginia Woolf, Bernarda Alba o la Loca de Chaillot. Pero en el fondo soy un tipo de actriz emocional que pretende impregnar e insuflarle al personaje mi propia vida. Por eso ahora, hablando de mutaciones, nunca más haré personajes amargados, alejados de mi temperamento”.