El ballet no es solo ‘cosa de chicas’
La academia Eptea, con cinco años de trabajo, lidera un semillero de danza clásica para varones.
El teatro está lleno. Billy Elliot, en el escenario, da un salto con tanta plasticidad y soltura que parece que va a emprender el vuelo. Entonces, el aplauso intenso se desborda entre los espectadores que tienen sus sentidos al servicio de los movimientos del muchacho, y el fundido a negro que le sigue a la narración audiovisual, llega como un espacio de resolución necesaria, porque la emotividad ha llegado a la cúspide, tras un ‘in-crescendo’ agitado.
La secuencia estética está atrapada en la película inglesa de Stephen Daldry, que lleva por título el nombre del joven bailarín del salto antes descrito, y que fue rodada en el 2000; pero se torna viva nuevamente cuando la sacan de sus recuerdos, a través de las palabras, Patricio e Israel Peralta. Para ellos ese paso de baile con el que cierra el filme representa lo que sienten cuando están en escena: “cero nervios, libertad”, dice Israel.
Pequeños de estatura, delgados, pero de figura firme y con “postura de príncipes”, como dice su maestra, la cubana Odalmis Rodríguez, estos gemelos de 13 años de edad llevan casi tres estudiando ballet en la academia Eptea, al norte de Guayaquil, que dirige Aglae Febres-Cordero.
Los adolescentes, que estudian en el colegio Juan Montalvo, no recuerdan muy bien cómo fueron sus primeras clases en Eptea, pero sí quien los llevó a cursarlas: su abuela. Patricio cuenta que ella vio un anuncio en el periódico sobre las clases, los condujo a la academia, hicieron las pruebas y así comenzó su historia marcada por lo sutil y riguroso de la danza clásica.
En Eptea, los gemelos conocieron el año pasado a Iván Corral, quien llegó a esta escuela luego de estudiar tres años en el Instituto Nacional de Danza Raymond Maugé.
El adolescente de 11 años, también músico y pintor -lo recalca-, recibe clases en ambos espacios de ballet. En eso coincide con Julio Romero, otro de los bailarines de esta institución, quien alterna su práctica en Eptea con la de danza folclórica.
Aunque Romero tiene más de el doble de la edad que el trío de impúberes, se lleva muy bien con ellos, pues, los cuatro se apasionan de tal manera por la danza que poco les importa el qué dirán, esas palabras de más de una sociedad que aún no aprueba del todo a los balletistas.
“Sí, hay gente que ‘molesta’, pero a mí eso no me importa, porque mi familia me apoya y a mí me gusta”, dice Iván. Su madre, Bárbara, refiere que es complicado contar que su hijo es balletista porque la gente no está acostumbrada a ver hombres que se dediquen a esta arista del arte. Sin embargo, a ella la emociona saber que su hijo se piensa bailarín y coreógrafo en el futuro.
Los gemelos, en cambio, coinciden en que no es difícil lidiar con los comentarios malintencionados de la gente que dice que “el ballet es cosa de chicas”. “Que vengan a vernos y les demostramos que esto también es de hombres”, recalca uno de ellos, entre risas. Y acota: “bailar es complicado, hay que entrenar mucho, concentrarse, hay pasos que son difíciles; me dan muchos nervios en clases, a veces, pero cuando estoy en el escenario todo cambia”.
Motivada por la evolución que han tenido estos chicos, Aglae Febres-Cordero contrató hace algo más de dos meses a la maestra cubana Odalmis Rodríguez, para -con ella- ensanchar el rubro masculino en su escuela dancística que está cumpliendo cinco años de trabajo tesonero.
Las ganas y la maestra se conjugaron, pero faltaban quienes debían aprovechar estas circunstancias, más allá de los cuatro chicos mencionados antes. Entonces Aglae pensó que era hora de establecer alianzas para hacer viable su proyecto y fue así que se contactó con el programa Children International.
Los directivos de tal entidad le programaron sesiones en siete zonas suburbanas de la ciudad para que Aglae y Odalmis presenten el plan ante las comunidades. Si ellas buscaron en esos sitios a los nuevos bailarines fue porque, a su criterio, no hay mejor manera de insertar a la sociedad a alguien que a través del arte.
Odalmis refiere que les dijo a los padres que el movimiento flexible no tiene nada que ver con lo femenino. Les citó ejemplos de experiencias similares que tuvo en su natal Holguín (Cuba), y, finalmente, les pasó vídeos de danza clásica protagonizados por varones. “Ellos (los padres de los niños) se dieron cuenta de que los cuerpos de los balletistas son muy parecidos a los de quienes hacen atletismo y dejaron el miedo”.
Prueba de aquello es que 90 niños de entre 9 y 10 años llegaron a Eptea a hacer las pruebas. Aglae refiere que el examen consiste en revisar la forma del pie del candidato, si tiene un buen empeine, si el arco es marcado y fuerte, porque es su soporte; y cómo funciona su rotación coxo femoral, la que permite la flexión abierta de las piernas. La maestra cubana agrega que a un aspirante a balletista se le mide el rebote al saltar, qué tan flexible es su columna vertebral y hasta qué altura pueden levantar las piernas: los puntos de referencia son la nariz o la parte posterior de la cabeza.
Treinta niños han sido aceptados. Todos tienen una beca -de la academia- para cursar los primeros 5 de 8 años de estudios en Eptea. Children International les proveerá de los uniformes y los trajes de presentación... y ellos tendrán que entregarse desmedidademente, con disciplina y amor. Total, el precio es poco con relación a lo que ganarán: formar parte de la primera generación numerosa de hombres balletistas de Guayaquil.
María Paulina Briones
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Editora - Cultura