El quehacer teatral desde lo femenino
La propuesta de Susana Nicolalde y su grupo Mandrágora Teatro, se podrá ver hoy en Guayaquil.
Susana Nicolalde descubrió el teatro de la mano del actor argentino Ernesto Suárez, quien fundó y dirigió, en Guayaquil, El juglar.
Fue él quien la inició en el camino de las artes de la representación, el que le enseñó a lidiar con sus primeros miedos: el público, la escena, el trabajo con otros compañeros...
El contacto con Suárez se dio en la Universidad Católica de esta ciudad, a inicios de los ochenta. Por aquellos años compartía su
tiempo entre la Psicología y los ejercicios teatrales. “Mis estudios de psicología me aportaron mucho en este transitar por el mundo de la representación, pero yo quería hacer teatro; eso siempre lo tuve claro”, refiere.
Entonces dejó la carrera, se integró a Gestus (conjunto actoral dirigido por Virgilio Valero) y optó por el oficio que hace 25 años era considerado como “un pasatiempo de bohemios, una cosa poco recomendable, más aún, si se trataba de una mujer”.
Superados (o ignorados) los prejuicios, Nicolalde empezó a buscar respuestas. Viajó a Quito, estudió con el colectivo Malayerba, dirigido por Arístides Vargas; tomó talleres de actuación con cuanto maestro tuvo la oportunidad. Se quedó en la capital y en el camino se encontró con el ecuatoriano Wilson Pico y la peruana Mirella Carbona, dos hacedores de la danza que le dieron a su proyecto personal una nueva visión: la exploración del cuerpo desde la esencia del intérprete.
“Los actores debemos danzar nuestras emociones, debemos lograr ser uno con nuestras emociones”, explica la actriz, que en 1997 materializó su propuesta personal con la fundación de Mandrágora Teatro, conjunto que actualmente dirige.
Al interior de este colectivo el trabajo de interpretación gira en torno al actor, quien no necesita de mayores elementos de escenografía para expresar “lo que nace desde sus entrañas”. A medida que avanzan en esa interiorización, desarrollan el guión, ya que, según lo explica la actriz, Mandrágora sube al escenario con textos de creación colectiva. De ahí que los procesos que anteceden al estreno de una obra deben durar no menos de un año.
A la par de esta dinámica de creación, Nicolalde lleva a cabo un proceso de visibilización del arte gestado por mujeres. Ella, junto a los miembros del conjunto Quinta Escena, organiza desde 2002 el Encuentro “Mujeres en Escena, Tiempos de Mujer”.
“Este programa no tiene un cartel porque no pertenecemos a ningún movimiento feminista. El interés que nos mueve es el de mostrar y socializar la creación de las mujeres”, recalca.
Aunque reconoce que la naturaleza femenina genera una mirada propia, no es partidaria de las comparaciones entre hombres y mujeres. Sin embargo, sí cree en la existencia de un teatro de lo femenino, el cual sueña y toca tierra con una pasión desbordante.
¿Qué ha provocado la incursión femenina en el tablado? Un despertar que no se dio por casualidad. “Todo llega a su tiempo.
Nada se apresura”, dice convencida de que el país goza de buena salud en el campo artístico y de que solo es cuestión de tiempo el que se incremente el número de directoras teatrales.
Esta trabajadora del teatro, que traslada el pulido histrionismo de la escena a la conversación, confiesa que los temas que aborda desde el teatro son “temas del ser humano”. Pese a esto, no le teme a la desmitificación ni a hablar de su género con los tabúes que aún le acechan.
Recuerda cuando en su primer montaje “Retrato abierto”, en el que fue guiada por Pico, “Hablaba de la soledad, pero no como una condición que nos vuelve víctimas, sino más bien como un estado que es hermoso y a veces necesario”, manifiesta.
En Guayaquil, contará las historias que se gestan en la calle. Lo hará hoy con “Y no ha pasado es nada”. La función es a las 11:00, en la Plaza de Artes y Oficios (antiguo Parque Forestal). La entrada es gratuita.
Fátima Cárdenas
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Reportera - Guayaquil