El grupo quiteño conmemora sus 43 años con “El santo oficio del amor”.
No hay telón de fondo. Solo 360 grados de escenario delimitado por cuatro grandes arcos ojivales laberínticos. La oscuridad es la que marca el inicio de la obra. Letanías y laudas se escuchan, y una banda sonora algo “new age” introduce una atmósfera mística y oscurantista.
Los actores trasladan al público a la Edad Media, dentro de un monasterio. La culpa y el temor retumban sobre las tablas, mientras monjes descalzos ataviados de sotanas cafés, giran en el espacio.
Los recelos y secretos de los frailes se esconden dentro de esta maraña de escalinatas y habitaciones, perfectamente representadas en una escenografía casi minimalista. En medio de ese ambiente, se
desata una trama que involucra a Girolamo, novicio acusado de herejía por haberse atrevido a robar un libro prohibido, y el prior del monasterio, quien representa la rigidez de la represión inducida por la Santa Inquisición.
La dramaturgia de “El Santo Oficio del Amor” acoge un lenguaje escénico ‘performático’ y dancístico, que utiliza simbolismos e imágenes que impactan al espectador, al punto de convertirse en una obra sumamente visual y auditiva, en donde el texto termina poniéndose al servicio de lo sensorial.
La obra ha sido montada como parte de la conmemoración de los 43 años del Teatro Ensayo, de Quito, cuya labor teatral ha sido ininterrumpida durante este tiempo. Antonio Ordóñez, su director actual, es uno de los tres miembros fundadores que todavía permanecen.
Corrían los años 60 y el movimiento literario-artístico “Los Tzánzicos” planteaba una ruptura cultural como respuesta a los convencionalismos reinantes. Fabio Pachonni, quien había venido a dictar un seminario de teatro italiano, fundó el grupo en 1964, en Quito, con algunos tzántzicos como Ulises Estrella y Alfonso Murriagui. Ordoñez aún recuerda aquellos días en los que recorrieron casi toda América junto con grupos de gran trayectoria como La Candelaria, de Bogotá; o El Galpón, de Montevideo. “Conozco de memoria todas las obras que hemos montado, aunque cada vez se me hace más difícil aprenderme las nuevas”, dice.
En aquellos tiempos representaban obras de tinte social y político. “Huasipungo”, de Jorge Icaza, y “Boletín y Elegía de las Mitas”, de César Dávila Andrade, fueron adaptaciones literarias que tuvieron gran éxito entre el público.
También mostraron obras de teatro de autores nacionales como “El Tigre”, de Demetrio Aguilera Malta; “El velorio del albañil”, de Augusto Sacoto Arias, “Montesco y su Señora”, de José Martínez Queirolo; y “El Pasaporte”, de Ernesto Albán Gómez. Además de las temáticas costumbristas, hicieron adaptaciones de clásicos de la dramaturgia mundial como “La Guarda Cuidadosa” de Miguel de Cervantes, o “Las Aceitunas” de Lope de Rueda.
Muchas de estas puestas en escena han sido producto de la creación colectiva, técnica que estuvo muy en boga en los sesenta y setenta.
“Se abusó de este mecanismo de creación, pero como se dice por ahí, una vez que pasa de moda algo, hay que volver a ello”. Es así que “El santo oficio del amor” se generó a partir de una improvisación colectiva en la que se recogieron las escenas afines y que compartían referentes similares. Este es un método que los integrantes de Teatro Ensayo conocen de memoria, ya que de esos núcleos de improvisaciones, siempre sale la temática que constituirá una nueva obra.
Un libro robado fue el pretexto para desarrollar una trama que, trasladada a la Edad Media y contextualizada en la Inquisición, adquirió un tinte más místico y lóbrego. Por momentos recuerda a “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco, sin embargo, Ordóñez si bien reconoce una influencia en la atmósfera de la obra, asegura que es autónoma.
El Teatro Ensayo es experimental. Sus miembros siempre están probando cosas nuevas, aunque no excluyen preferencias, según Ordóñez.
Las técnicas dramáticas que utilizan actualmente, a primera vista, parecerían contradictorias: La escuela de Stanislavsky y sobre todo Berthold Brecht. Según Ordoñez, ambas son complementarias y se dan la mano.
Para él, el supuesto frío y distanciamiento dramático brechtiano es una herramienta que permite una reflexión y a la vez facilita la separación de un estado dramático con otro.
Es la paradoja del comediante, de Diderot. “La idea es poder romper los estados anímicos, pasar de la risa al llanto”. Pero a la vez, la técnica ‘stanislavkyana’ propone la íntima relación del autor con su personaje, cuya expresividad se basa en experiencias propias e íntimas. Este aspecto es -quizás- más explotado en el momento en que el grupo realiza la improvisación, ya que al estructurar la obra como texto, aquello espontáneo se traslada a una técnica interpretativa.
La obra ha recorrido todo el país y ahora está en temporada de jueves a domingo hasta el 13 de julio, en el Teatro Prometeo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, a las 19:00.