Wilson Pico: 40 años de una lucha danzada
En el marco del Festival Internacional de Danza, se le rindió homenaje.
Si Wilson Pico piensa en su entrada a la danza, entonces saca de sí un recuerdo eminentemente sensorial, pero lo describe tan bien que inmediatamente lo convierte en una estampa. Pico dibuja con palabras sus pequeños pies de infante llenos del jugo que obtiene tras aplastar unas uvas que están dentro de un tonel en el que lo mete su padre; también los dibuja llenos de barro y agua con la que se forma el adobe. El verbo que emplea para reflejar la acción de sus pies sobre tales elementos, no es pisar, precisamente, es danzar; entonces, la estampa se torna mucho más lúdica y se entiende -repentinamente- porqué tras 40 años en la danza, las propuestas de este bailarín quiteño siguen luciendo tan vanguardistas, tan vitales...
La crítica lo sitúa como un experimentador de la danza, pero -además- como un polemizador a través de ella. ¿Cuándo y cómo toma ese tinte?
Sucede en el momento que decidí dedicarme a la danza, a fines del sesenta. En esa época no era bien visto que un hombre tomara esa opción como oficio de vida. De paso, desde el inicio opté por representar a personajes que hablen de la identidad nuestra, pero resulta que cuando busqué personajes fuertes hallé mujeres: la de la clase popular, la beata, la novia; y fue así que me transfiguré para bailar y se provocó el escándalo. Nunca quise hacer polémica. Si debía vestirme de mujer para hurgar en la identidad, entonces lo hacía. Ese era el precio de haber decidido dedicar mi vida a la danza.
Todo eso habla de una mirada contemporánea de la danza. Usted, sin embargo, inició como balletista clásico, ¿cuándo se emparenta con lo experimental, de qué modo?
Cuando vi por primera vez vídeos de danza moderna protagonizados por Martha Graham, José Limón, Paul Taylor y me dije que eso es lo que yo andaba buscando a nivel de técnica.
Pero no siguió estudios formales para adentrarse en aquella técnica...
Solo cursos. Yo seguía estudiando ballet en la Casa de la Cultura por las mañanas y en las tardes repetía esos pasos, los descuartizaba para ver de qué modo me iban a servir para mi danza. Otra vertiente de la que bebí fue de la técnica del actor, de Grotowski. Para mi suerte, la Unesco trajo al francés Pascal Monod con quien descubrí las mentiras corporales de las que hablaba el autor polaco.
¿Corazas, máscaras, muletillas?
Sí, con Grotowski -a través de Monod- aprendí a anteponer la verdad para que el gesto sea efectivo. Hay gente que miente corporalmente por miedo o por compasión.
¿Cómo se reflejó su acercamiento a Grotowski en sus coreografías?
Con él me cuestioné aún más mis inquietudes, mi forma de enfrentarme a la creación. Luego de leer a Grotowski hice “Silencios que hablan”, que es una obra decidora en mi trayectoria.
El Frente de danza, la compañía que dirige desde hace 24 años, es claramente heredera de aquello; pero es también el resultado de un proceso que tiene como antesala otros grupos que usted integró como Vivadanza y el Ballet Experimental Moderno (BEM)...
Sí, primero nació el BEM, con 18 chicos que salimos de la Casa de la Cultura, que renunciamos a las comodidades. Hicimos funciones en plazas, bares, hospicios... Interpretamos a obreros, cargadores, mendigos. Llevamos a la gente una danza que tenía que ver con su realidad. Luego nació el grupo Estudio y, de ahí, Vivadanza, con el que viajé a Bolivia, Perú y Colombia.
... Entonces llegó el Frente
Sí, con los compañeros que llegaban de estudiar de México, como Kléver Viera y María Luisa González. También con Lucho Mueckay y Nelson Díaz (ahora de Sarao y Humanizarte, respectivamente).
¿Y por qué quisieron hacer un frente, un lugar de combate?
Porque los tiempos que nos tocó concebir al grupo fueron de combate, porque éramos hijos de la danza de protesta, porque siempre hemos tenido que ver con los procesos de cambio del país y de Latinoamérica.
Entiendo que para usted la danza es un campo de batalla
Lo es, pero también es un campo de ternura, de placer, de esperanza, y aunque el Frente luzca simplemente como una agrupación con un puño arriba, alberga otras sensibilidades.
Deja entrever que así como la danza, el teatro ha sido un importante espacio para usted. Se lo digo por cómo habla de Grotowski y por sus trabajos con La Candelaria y Malayerba (grupos teatrales de Bogotá y Quito, respectivamente)
El teatro es un lugar que me ha aportado tanto como la danza y es un espacio en el que me he sentido muy feliz siempre. Pero hay otras cosas que me alimentan, como el cine, por el ritmo, por el manejo de planos.
Y como la música... En el texto que escribió para la página web del Frente se evidencia el estrecho vínculo con esta arista del arte
De hecho estudié tres años en el conservatorio para asumir la métrica. Pero más que el conservatorio, me aportó mi musical familia. En las reuniones con mis parientes siempre se canta, incluso en los funerales. Ese es un material enorme, inigualable.
Además de la música y el cine, ¿hay otra fuente de la que bebe para crear?
Sí, la calle. Lo que sucede en las terminales, cómo la gente camina, cómo se expresa, son mis motores de creación: eso es lo que yo bailo, y lo que bailo es lo que me hace sentir vivo.
Bertha Díaz
bdiaz@telegrafo.com.ec
Editora - Cultura