Anita y su mundo encantado de títeres
La dama de ascendencia alemana lleva más de 50 años cautivando a los infantes a través de su teatrín.
La delicada mujer de ojos vivaces que roza los 80 años de edad, acepta la propuesta de hacer un viaje por el tiempo. Le da cuerda a la memoria... a los pocos segundos, se sitúa en 1969, año en que por primera vez el hombre pisa la Luna. El desplazamiento temporal, inevitablemente, la conduce a otro escenario para revivir una anécdota vinculada a tal suceso histórico.
Ana von Buchwald, entonces, se visualiza a sí misma en la buhardilla de la casa en la que creció, al sur de su natal Guayaquil. Su madre, que está en la planta baja observando la televisión, la llama ansiosa para que vea las imágenes de aquél que aterriza en el satélite natural.
Aunque la curiosidad actúa como un imán que la atrae a la pantalla, el territorio que ella había conquistado tiempo atrás, siendo una veinteañera, o sea la buhardilla, donde nacieron sus primeros títeres, la seduce más que la imagen. La escena se diluye.
El viaje continúa de retro. Ahora corren los años 50. La “señorita Anita”, de 22 años de edad y ascendencia alemana, es convocada por la dirección del colegio Guayaquil, donde se graduó y ahora imparte la cátedra de Historia del Arte, para dirigir un club de títeres. Acepta. Va de salón en salón. Afina la intuición para elegir a su equipo de trabajo.
A las más tranquilas y a las que lucen más inteligentes, selecciona. Con ellas monta una función para presentar al final del año lectivo. El aplauso del público que asiste al espectáculo, se desborda... La imagen se vuelve a deshacer.
Finalmente, el ejercicio la ubica en la mitad de los años 30. La madre de la pequeña Anita, de 5 años de edad, la lleva a ver una obra que trae a la ciudad una compañía italiana de títeres. Una de las protagonistas de la pieza se llama Anita: -¡como yo!-, se dice interiormente la niña. Solamente enfoca a tal personaje, su memoria hace las veces de luz cenital. Del resto, nada recuerda.
La travesía imaginaria ha acabado, pero la mujer preserva la fascinación que siente por la magia que late en el mundo de los títeres y que la dejó entrever mientras hacía el recorrido apoyada en su memoria.
Se nota que la conserva, por ejemplo, cuando saca a una de las ‘actrices’ de “Dilo con amor”, obra que escribió José ‘Pipo’ Martínez Queirolo, y canta a través de ella: “yo soy la princesa que todo lo tiene/ juventud, belleza, riquezas y bienes/ y a pesar de todo muy pobre soy yo/ pues mendigo e imploro un poco de amor”... Y se evidencia también cuando está en el supermercado y un niño que camina por los corredores grita: ¡mamá, esa es la señora de los títeres! y corre a estrecharla entre sus brazos.
Por eso es que, quizás, a pesar del implacable paso del tiempo y del crecimiento de la oferta para el público infantil de la televisión, el cine y los vídeo-juegos, las funciones que realiza siguen llenándose de infantes y también de padres.
Anita, quien también hizo teatro -actuó en los 80 con Eduardo Solá Franco, artista múltiple guayaquileño-, dice que la fórmula para mantenerse vigente radica en que no hay que olvidar que los títeres se utilizan para educar y para reforzar los valores.
“Las obras siempre tienen un mensaje. Incluso cuando el texto que se cuenta no lo tiene, la puesta en escena hace lo suyo: provoca un encuentro con la estética. Los colores, las formas, la música y la armonía que se provoca con todo eso, sensibiliza al niño”, detalla.
“Amigo lobo, gran chef” que hoy a las 11:00 estrena por el Día del Niño en la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, al parecer, tiene su éxito garantizado, porque integra esos elementos que sostienen a las buenas obras.
La pieza narra la historia de un lobo cocinero que encuentra en una gallina el elemento base para hacer un exquisito plato. Engorda al animalito -sin que sepa sus intenciones reales- hasta que logra ponerlo en el punto deseado. Sin embargo, cuando ya va a atrapar al ave tras darle el último plato de comida con el que lo engorda, sus pollitos salen a agradecerle por haberle dado de comer a su madre. El lobo se conmueve y se vuelve amigo de la que vio en un principio como una tentadora presa... Por ahí, la obra reforzará algunos valores.
Luego, los múltiples elementos escenográficos con los que cuenta la pieza, son los que permitirán el acercamiento con la belleza. Al menos, eso piensa Anita. Habrá que ir a la función, esperar a que suba el telón del teatrín y dejar salir al niño que se lleva dentro, para constatarlo.
Bertha Díaz
Editora - Cultura