Tomada de la edición impresa del 19 de julio del 2009

“Un buen escritor aparece cada cincuenta años”

César Aira, escritor argentino. | FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

César Aira, escritor argentino.

El autor llegó a la Feria del Libro de Guayaquil. Aquí habló sobre el oficio, desde él y a partir de los autores a los que lee.


 
Aló, ¿hablo con César Aira?”

- Sí. Ya estoy allí.

La voz llega, del otro lado del teléfono de la recepción del hotel, revestida con el dejo malhumorado de quien ha sido interrumpido en su siesta. Son las cuatro de la tarde de un miércoles guayaquileño y sobre las calles pesa la viscosidad de un calor que propaga una somnolencia inapelable. Luego de unos minutos, el autor argentino de varias novelas y ensayos que han arrancado halagos como los de Carlos Fuentes, de un Diccionario de Autores Latinoamericanos que suscitó crítica y encono, aparece en el lobby. Ha venido al puerto invitado por la Feria Internacional del Libro. Se sienta sobre un sofá sin entrar todavía de lleno a la vigilia, pero pronto se acomoda y sonríe, dejando en claro que está listo para que comience el diálogo.

Si uno abre cualquier gran novela latinoamericana del siglo XX, desde La región más transparente a Paradiso, encuentra una gran vocación poética. Un sistema de metáforas, descripciones, que se mezclan con el pulso filosófico y la narración. Usted ha dicho que no le ha interesado esa sensualidad del lenguaje, que su prosa es casi informativa. Hay pasajes enteros de algunos de sus libros que lo desmienten…
… Creo que, en efecto, me he estado engañando al pensar que lo mío era una prosa neutra, puramente comunicativa… Era lo que yo creía. Mi intención –una de mis pocas intenciones deliberadas a la hora de escribir- era la de comunicarme visualmente con el lector, hacer que viera lo conjurado por mi imaginación; y para eso necesitaba un lenguaje lo más simple y directo posible, porque los juegos de palabras, por decir algo, podrían obstruir esa claridad de visión que estaba buscando. Pero hace poco un joven escritor argentino publicó, a manera de homenaje, una novela corta imitando todos mis procedimientos, mis personajes, mis técnicas. La leí con cierto gusto porque iba reconociendo todas mis atmósferas, pero cuando la terminé dije: esta es una novela mía escrita en prosa. Entonces reconocí algo que nunca había reconocido racionalmente: que, de hecho, hay un componente poético en mi escritura, singular, digamos, que en la novela del chico –escrita casi con un pulso periodístico- no estaba. Creo que hay una poesía que yo practico sin saberlo.


Pero no fue el surrealismo propiamente dicho lo que me sirvió de materia formativa, sino todo el orbe de lecturas que dicho movimiento rescató y reivindicó


Se lo preguntaba porque algunas de sus referencias esenciales, en el panorama de la literatura argentina, son poetas. Su amor por Borges es harto conocido, pero también están Osvaldo Lamborghini y Alejandra Pizarnik, mítica figura de la poesía latinoamericana a quien usted conoció personalmente y sobre quien escribió un libro… ¿Qué recuerda de ella?, ¿cómo lo marcó?
En Argentina, ya en vida, Alejandra era una figura legendaria, mítica, como usted dice. La conocí muy chico, a los 16, y la tomé como un modelo por su intensidad, su perfeccionismo, su dedicación a la literatura… Una figura de las que ya casi no quedan ejemplares: el poeta que se quema en la pasión de su trabajo. Cuando murió, a los 36, era doce años mayor que yo, y la veía con admiración, hacia arriba; hoy, en cambio, que tengo 60, la veo como la chica, la jovencita que murió tan pronto (sonríe, bosquejando en su rostro una ternura extraña). Escribí un libro sobre su obra, además de una pequeña biografía, un poco para hacerle justicia, porque a fuerza de elogios fáciles la estaban maltratando. Se hablaba de ella, y se sigue hablando de ella, con sus propias metáforas, sus palabras… es un vicio muy frecuente en la crítica. Hablar de un escritor con el lenguaje de ese escritor, creyendo que así se lo interpreta mejor, cuando ocurre todo lo contrario…

… Quizá por no adherirse precisamente a esa retórica es que su libro sobre ella ha dado la impresión, en la subjetividad de algunos críticos, de no ser para nada elogioso…
Pero no como algo negativo. Es decir, quise tomar un tono más frío, más técnico, para analizarla como lo que era: una poeta culta, erudita, que trabajaba con mucha deliberación. De esa manera, creo, contribuía a desmentir esa imagen de escritora visceral a la que se la ha remitido… ese libro nunca me lo perdonaron las “pizarnikianas”.

¿Hay algo así?
¡Uf! –ríe- son legión.

Usted ha dicho en entrevista: “El surrealismo era algo muy vivo y estimulante en la Argentina de los años sesenta, los años de mi formación…”. El efecto de lo impredecible es un rasgo trabajado denodadamente en su literatura, ¿es una herencia de sus contactos con dicha noción estética?
El surrealismo siguió viviendo en Argentina, lo mismo que en Perú y en Chile, cuando en Francia ya había menguado. Pero no fue el surrealismo propiamente dicho lo que me sirvió de materia formativa, sino todo el orbe de lecturas que dicho movimiento rescató y reivindicó: la novela gótica inglesa, el disparate de los folletines, los románticos alemanes… Los surrealistas fueron, más que grandes poetas, grandes lectores. Redescubrieron, por ejemplo, a Luciano de Samosata… Donde hubiera un excéntrico, un raro, allí estaban ellos para rescatarlo y ponerlo en la cartelera. Toda esa órbita de lecturas -los ensayos de Breton, por ejemplo, o su Antología del Humor Negro-, fueron mi guía. Bueno, una de mis grandes guías. La otra fue Borges.

Alguna vez expresó que el problema con Borges es que uno se malacostumbra, porque luego de leerlo mucho de la literatura parece poca cosa. La peruana Blanca Varela expresó algo similar en relación con Vallejo: cualquier poeta parecía anémico a su lado. ¿Cuáles son las ventajas y los problemas de tener un tótem semejante sobre la tradición literaria de un país?
Muchas veces me preguntan si Borges no es una figura abrumadora para los escritores argentinos, y me parece que no. Pienso que hay que entenderlo como un influjo estimulante, inspirador. Su gran utilidad para la literatura argentina es haber marcado una línea: después de Borges ya no se puede ser demasiado tonto, porque entonces uno siente la risa irónica de él, que se burló tanto de la tontería, de la solemnidad, del patetismo y el sentimentalismo. Marcó una línea a partir de la cual el que lo interprete como autor, lo ame, debe tomar conciencia de que no puede bajar de cierto nivel. Por supuesto que es un orgullo tener un escritor así de grande… Es curioso que hayas mencionado a Vallejo, porque Borges y él son escritores tan distintos, que si se hubieran leído el uno al otro se hubieran odiado; y sin embargo son, ambos, tremendamente poderosos: los descubrí a los 14 años y supe lo que era la literatura. Quizá el hecho de que sean tan distintos los vuelve complementarios. Por un lado, el desarmar y volver a armar el lenguaje, lo que hace Vallejo; por otro, la ironía, la inteligencia, la elegancia de Borges.


No poder salir de una influencia debe parecerse mucho a una posesión diabólica; en cambio entrar y salir de mil influencias resulta, más bien, enriquecedor


Ha comparado usted a Borges con otro escritor diciendo algo similar: que ambos son muy distintos y muy parecidos. Ese otro escritor es Roberto Arlt. ¿En qué consiste la similitud entre ellos, a pesar de la diferencia?
A Arlt lo descubrí tiempo después. A primera instancia parece un autor más llano, más accesible, pero es en realidad más difícil. Para leerlo hay que tener un paladar formado. Con Borges, un chico puede agenciarse la entrada a un mundo fascinante. Un chico inteligente, claro. Ahora, la similitud entre los dos es que comparten lo argentino, esa cosa indefinible, imposible de poner en palabras, pero que se siente. Un aroma argentino. Porque a diferencia de lo que se ha dicho, Borges es el más argentino de todos nuestros escritores. Se sabe, desde luego, que también es el más universal, pero quiero decir que en su obra hay tantos sobreentendidos argentinos, que cualquier compatriota que lo lea acuciosamente se sentirá íntimamente identificado.

¿Cómo administra las influencias?   
Todo sirve. Yo nunca he sufrido aquello de la angustia de las influencias. No porque me haya resistido a alguna, sino al contrario: las acepté todas. Y las sigo aceptando. Si leo algo de lo que me enamoro, lo imito sin problema, porque sé que la semana siguiente voy a estar enfatuado con otra cosa… Creo que esa angustia la siente el escritor que se fascina con un autor de cuya obra y estilo no puede salir. Y no poder salir de una influencia debe parecerse mucho a una posesión diabólica; en cambio entrar y salir de mil influencias resulta, más bien, enriquecedor.

¿Y qué está leyendo ahora?
Estoy releyendo un poema inglés, El rapto del rizo, de Pope, y la Art Forum, una revista norteamericana de arte. Siempre estoy pendiente de ella, estoy suscrito, aunque ahora la tuve que comprar en el aeropuerto porque a veces el correo falla y me hace sufrir…

… ¿Qué más lo hace sufrir?
 Oh, mmm, pocas cosas. Tengo un carácter muy llano… creo que se lo heredé a mi papá, que era un hombre de campo, muy tranquilo. Aunque últimamente estoy quejándome de la monotonía de la vida. Por eso acepto estas invitaciones, para viajar un poco… pero las entrevistas, las charlas, las conferencias, todo ese ajetreo no es que me guste mucho…

Bien recordada es la polémica frase de una entrevista que le dio al Clarín: “El mejor Cortázar es un mal Borges”. Es curioso porque Cortázar ya había anunciado el advenimiento de esa suerte de parricidio literario, solo pedía que lo matara alguien que supiera escribir. La generación de escritores post-boom parece estar obsesionada con acabar con ese antecedente, deslegitimarlo, la pregunta es, ¿saben escribir?, ¿cómo ve a sus contemporáneos?
El asunto es que yo no veo la historia de la literatura en términos de generaciones, de grupos, en fin, de colectivos de ningún tipo… Me parece que sigue siendo algo demasiado individual; y un escritor realmente bueno es rarísimo, aparece una vez cada cincuenta años. Así que hablar de nuevas generaciones de escritores cada década, post-boom, pre-aquello, me parece que es, más bien, parte del negocio editorial. No hay que prestarle tanta atención a todo eso, un lector verdaderamente exigente tiene a su disposición la biblioteca de todo lo que se ha escrito, desde Homero hasta acá. No hay necesidad de una nueva corriente por semana. Hoy lo que se ve, eso sí, es una obsesión por publicar y por la novedad. Cuando yo quería editar mi primer libro, en Argentina había tres editoriales grandes y cinco chicas. Hoy hay quinientas. Además, es más fácil escribir: se puede hacerlo sin ortografía, sin puntuación; poner, una tras otra, frases inconexas durante cien páginas y luego llamar a eso novela experimental. Está casi todo permitido. Es fácil escribir, es fácil publicar, es fácil entrar en una especie de comedia política y de vanidad, que es en lo que se han convertido los ambientes literarios.
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador