Adoum, eterno
Su muerte solo nos recuerda algo que ya sabíamos: que con el nombre de Jorge Enrique Adoum se llena una etapa de literatura nacional, que con su obra nuestro país aporta una presencia significativa a la literatura del continente.
Luego de Carrera Andrade y de Dávila Andrade, de Gangotena y Escudero, la poesía de Adoum nos volvió de bruces, a empellones por la fuerza de sus imágenes, sobre la realidad nacional, por algo su primer poemario se llama Ecuador amargo (1959) y por ese mismo camino, Los cuadernos de la tierra (1961) hace historia y define identidad, sin afectar para nada el aliento lírico. El poeta Adoum fue transformando su lenguaje (como ocurre con todos los auténticos poetas) para ser, con el paso de los años, el mismo y uno distinto.
Cuando acompañé a Marco Antonio Rodríguez en la presentación, en Quito, de las Obras (in) completas del autor (2006), dije sobre la poesía de Adoum: “Encuentro también el lenguaje impulsador de nuevos caminos semánticos para temas clave del sentir humano: la marca de la soledad fundamental que ni afectos familiares ni círculos de comprometidos puede vulnerar; la condición de extrañamiento del poeta en medio de sociedades que no participan de su discurso; la fagocitación de la cotidianidad que se lleva consigo anhelos y proyectos.”
En Entre Marx y una mujer desnuda (1976), su texto experimental, Adoum hizo muchas cosas: entregó a los lectores la obra cuya complejidad era cifra de un mundo complejo, mostró la maleabilidad del idioma y del género novela, al combinar discurso narrativo, ensayístico, lírico, interpelación dramática; nos arrostró los defectos nacionales sin quedarse afuera. Era la década del posboom, era el tiempo de proximidades y luchas editoriales. Jorgenrique ganó con Entre Marx... el Premio Villaurrutia, de México, y fue publicado por Siglo XXI editores. El Ecuador tuvo una salida en su habitual asfixia editorial (y el hecho de que algunos autores de la Generación del 30 hayan publicado en otros países no es prueba suficiente para negar esa realidad).
Sobre Entre Marx y una mujer desnuda, dije en otro espacio: “Sería artificial si el ensayo de composición novedosa se hubiera sostenido sobre la oquedad retumbante del vacío, a lo más, sobre mesuradas fórmulas del realismo, tan cultivadas por nuestra literatura. Todo lo contrario, el texto incorpora a su mundo de ficción importantes facetas de la aventura humana. En él asoma su rostro deformado la contradicción básica de nuestro país –ingobernable e ingobernado, asolado por fuerzas de poderes nacionales y extranjeros en la medida en que nuestra propia riqueza nos hace débiles -. En ningún otro texto latinoamericano se ha revisado con mayor hondura el quehacer del escritor, sus responsabilidades frente a la sociedad, los alcances del lenguaje literario, simultáneamente al esfuerzo de ir plasmándolo en una obra concreta.”. ¿Exageré? Puede ser, pero Adoum se merece mi adhesión apasionada.
Sus numerosos libros de análisis, entre los que destaca Ecuador, señas particulares (1997), son cruciales a la hora de identificar comportamientos, valores, problemas del Ecuador.
Creo que hemos vivido, en los últimos veinte y más años, desde su retorno al país, con el apoyo y contribución de su palabra viva. Posicionado en la izquierda desde siempre, hizo crítica y autocrítica sin veladuras ni indulgencias. Tal vez por eso molestó a los ortodoxos del marxismo, quizás por eso mismo fue un hombre consecuente y sabio. Creo que su sabiduría mayor radicaba en la manera cómo entendió al ser humano cuando lo vio hecho de polvo y de sueños; capaz de grandezas y raterías.
Cecilia Ansaldo Briones, crítica literaria y Catedrática universitaria
Redacción Cultura
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Guayaquil