El lobby del Museo Antropológico de Arte Contemporáneo (MAAC) aparece como un gran espacio casi vacío. Una luz blanquecina ilumina la galería, donde se ubican diez instalaciones artísticas dispersas entre sí. Cada una ocupa una discreta parte de la habitación. La III Bienal de Arte no Visual abre sus puertas para ofrecer a los presentes una experiencia distante a los ojos y apegada a otros mundos sensitivos, en los cuales se debe ver a través del tacto, del gusto, del olfato y del oído.
Me dispongo a iniciar mi recorrido, sin lazarillo en el reino de las sombras. Todo es oscuridad. Una venda cubre mis ojos y una voz me susurra que me calme. "Debe hacerlo todo como si estuviera ciego", me dice Keyla Bermúdez, una de las guías de la Bienal, y cual Virgilio anuncia que me llevará a recorrer las piezas de arte que se exponen en el evento.
Al igual que Dante me siento en una selva oscura, desesperado. Como si al faltarme una imagen del mundo este hubiera desaparecido. Como si todos conspiraran en mi contra para hacerme vulnerable. Mis movimientos son torpes y mis pasos temerosos. Cada avance es una nueva preocupación de encontrar un muro en mi sendero, o de chocar contra cualquier cosa. Un cosquilleo en las rodillas delata mi miedo. Puedo golpearme en cualquier momento.
Keyla toma mi mano y dice que me mostrará el camino. La calidez de su piel me contagia cierta seguridad y me abandono a sus indicaciones, sin embargo frecuentemente extiendo las manos para asegurarme de la veracidad de sus palabras. "No hay nada, camine tranquilo", me dice con tono burlón pero sincero. Sus ojos se convierten en mi camino y su voz en mi calma.
Llega la primera parada. El artista Ildefonso Franco saluda y dice que el título de su obra es ‘El pez que se comió una campana’. La escultura es exactamente lo que menciona el título. Sin embargo, los sonidos que produce se distancian muchísimo del MAAC, y de Guayaquil.
"Son cantos de ballena y fragmentos de otras cosas", comenta Franco y asegura que el objetivo de su creación es llevar a los no videntes por un juego de la imaginación.
Según el artista, concebir el trabajo fue la parte más complicada, sobre todo por las condiciones de la exposición. "En la bienal anterior no participé porque me dijeron que no podía ser algo visual, ¿y qué hago pues?, me preguntaba".
El camino continúa. A lo lejos se escuchan las conversaciones ajenas, como voces amplificadas llegan a mis tímpanos. Mis oídos se agudizan y poco a poco gano confianza en mis demás sentidos. Me trazo una ruta mental y pienso en que quizá podría caminar solo, pero jamás suelto la muñeca de mi guía.
La obra de Carolina Cerón, ‘Lo esencial es lo imperceptible a los ojos’, se presenta para activar el tacto y, sobre todo, del gusto. Seis casitas de madera, con diferente techo y contenido cada una, representan a los humanos y sus disimilitudes.
Los asistentes introducen sus manos para descubrir el interior de cada morada y un relleno distinto los espera en cada una. "Dale, prueba", dice Cerón mientras se huele los dedos embarrados de sustancias viscosas. Chocolate, duraznos picados, y hasta ajo son algunos de los elementos que usa para estimular el paladar y demostrar que las manifestaciones artísticas se pueden apreciar desde varias perspectivas.
"Qué ternura", escucho frente a mí, mientras espero en la columna para experimentar la propuesta de Paola Andrade. Su obra, ‘Niños invisibles’, es una cama vibradora que reproduce sonidos, recopilados por la autora desde hace un año.
"Quise mezclar el mundo de los no videntes con el de quienes sufren cáncer, porque he tenido experiencia en estos campos", dice Andrade y revela que hace algún tiempo creyó que su hija tenía leucemia. Por eso la grabación de una pequeña, que asegura tener esta enfermedad, cuenta sus sueños y aspiraciones a quienes se suben a la cama de los "niños invisibles".
Agrega que para concebir su proyecto fue asesorada por personas con discapacidad visual. Alicia Ortiz, quien posee ceguera parcial, fue una de sus colaboradoras. "Es maravilloso que nos incluyan en el arte", comenta la muchacha, quien afirma que a pesar de su estrabismo es feliz y ve el mundo mejor que otras personas. "No hay peor ciego que el que no quiere ver", dice Ortiz y cuenta que en Guayaquil pocas entidades se interesan en este grupo social.
Ilich Castillo encontró la forma de hacer que los ciegos ‘vean’ cine arte, o más bien que lo sientan. "Hola, bienvenidos al ciclo de cine Lo que yo te diga, un espacio de películas para ciegos contadas por sordomudos", dice Ilich a todo el que se sienta en su muestra. Luego pone a rodar una película que le regalaron en la Bahía y empieza a simular lo que ocurre en el filme con sus dedos sobre las palmas de las manos de quienes le siguen el juego.
"Acabas de ver un fragmento de No es país para débiles", asegura el artista después de cinco minutos de jugar sobre mis manos y salpicarme agua para representar el derramamiento de sangre en la trama.
Alberto Arízaga, de 45 años, quien perdió sus ojos desde niño, espera en la columna de la obra ‘Cabina’, de Joel Ramírez. Con un bastón metálico tantea el piso para dibujar en su mente los objetos que lo rodean. Afirma sentirse po fin incluido en una exposición de arte. "Lo mejor es saber que todos lo hacen al igual que nosotros, todos se meten a nuestra oscuridad", comenta entre una carcajada casi malévola.
‘Cabina’ es un espacio para dejarse llevar y encontrarse con uno mismo. Al menos eso dice su autor, mientras por medio de una grabación pide que me ponga una bolsa de papel en la cara y dibuje mi rostro en base a los relieves faciales. La experiencia está completa cuando recibo una hoja con mi nombre escrito en braile, ese lenguaje codificado solo para algunos.
Las demás obras pasan sin mayores aspavientos. Me quito la venda y una luz perturbadora me lastima los ojos. ¿Será que me quedé ciego de verdad? Pero no. Miro, y la Bienal sigue ahí.