Tomada de la edición impresa del 07 de marzo del 2010

Lo que otros no ven

Escena de la película Precious. | FOTO: tasithoughts.wordpress.com

FOTO: tasithoughts.wordpress.com

Escena de la película Precious.

Precious, una de las postuladas al Oscar, es un canto a la diferencia y la tolerancia.


Guayaquil, Ecuador


Su nombre es Claireece ‘Precious’ Jones, una chica de 16 años, fatalmente obesa y analfabeta, que se mueve por los rincones del Harlem profundo y que lleva una vida llena de desgracias.

 Para empezar, Precious está embarazada de su segundo hijo, de su propio padre. Es una muchacha que quiere aprender en clases,  pero que tiene especiales problemas de conducta, razón por la cual va a parar a un colegio para niñas problemáticas y encuentra, por primera vez en su vida, un grupo de gente que la quiere. No su madre, ciertamente, quien la trata como a una bestia de la Edad Media: le pega, la grita, pues la considera la causante de su infelicidad. Aquella que le ha quitado a “su hombre” (el cerdo que la violó) y que, más que su hija, parece su empleada.

Es de destacar que la mediática Oprah Winfrey, la reina de la telebasura norteamericana, haya sacado tiempo de sus bodrios  para producir Precious, una joyita  que sacude al espectador sin concesiones, desde lo más recóndito de sus hipócritas valores morales y sociales (del espectador, no de la película).  

Decía la escritora Katherine Anne Porter  que jamás había que decir lo bajo que se había caído, pues siempre se podía seguir cayendo más. Tenía razón, y eso lo sabe muy bien Precious quien, en este mundo en que la gente se obsesiona con el “triunfo”,  está muy bajo en todas las escalas: la social, la económica, la estética y  la afectiva.

 Esta película, sépanlo desde ahora, no es una de esas para ver con pop corn y coca cola, esquivando esos enormes combos con mucha salsa de tomate, pues tiene una manera de narrar en la que cada detalle es como un nervio, que se activa en cada escena.

Con técnicas tomadas del documental, específicamente del free cinema inglés, se va desarrollando la historia de Precious (muy bien caracterizada por Gabourey Sidibe, actriz natural, si las hay), con  diálogos  inteligentes e  inolvidables escenas en la humilde casa de Precious, donde se producen las batallas campales entre madre e hija.

“Perra, mueve tu gordo trasero y tráeme algo de comer”, le ladra la madre a Precious. La golpea, le lanza cosas (como en La guerra de los Roses) y va destilando todo su veneno a lo largo del filme.

Una película que  es heredera de otras que incursionaron en el mundo de los muchachos con problemas de conducta, como Breakfast club y Haz lo correcto, de Spike Lee. Esta última claramente precursora por su interés en los conflictos raciales.

En Precious, la dirección de actores (mejor, de  actrices: esta es una película de mujeres) es de lo mejor. No solo Gabourey Sidibe, la protagonista, sino también, toda una revelación, Mariah Carey, quien logra mucha credibilidad en el rol de una sicóloga con la que Precious trata, se  trata y  retrata.

 La película logra un estupendo equilibrio entre los dramas sicológicos que ayudó a afianzar el director y dramaturgo Sam Shepard y elementos del musical -fastuosos- para marcar con otra tinta los sueños de Precious, quien  se imagina como una diva famosa, aclamada, caminando por una elegante alfombra y un novio guapo. Algo que resulta  un contraste con su sórdida existencia. 

En el monólogo que hace Precious en clase (la bella señorita Rain usa la escritura como terapia)   ella confiesa su anhelo de ser querida, y no solo pateada, marginada, empujada, arrinconada por el mundo. 

“Yo te amo, Precious”, le dice la señorita Rain. Nosotros, los espectadores, también terminamos amándolas, a las dos. A  Precious por luchadora, por su tierna  dureza y  empuje. Con  su gordura, su dolor amargo, su analfabetismo y  dificultad para expresar sentimientos. Una dificultad  tan espesa como su sangre cuando se rompe la fuente en su segundo parto. 

 Vayan a ver Precious sin prejui-cious. Y por favor, apaguen sus celulares, para poder oír el acento del inglés de Harlem, los diálogos (o los gritos) entre los personajes. Y claro, ese maravilloso fondo de gospel   y rhythm & blues que atraviesa toda la película.
David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día