Tomada de la edición impresa del 20 de diciembre del 2009

Todo tiempo pasado...

Recreación cinematográfica del general Eloy Alfaro, hilo conductor de este filme. | FOTO: CORTESÍA

FOTO: CORTESÍA

Recreación cinematográfica del general Eloy Alfaro, hilo conductor de este filme.

Datos

FICHA TÉCNICA

Película: Mejor que antes
Director: Andrés Barriga
Fotografía: Diego Falconí
Música: Nelson García
Dir. Arte: R. Frisone
Prod. Ejec.: Polo Barriga

Con Mejor que antes, hay un intento que cabalga entre lo experimental y las historias fragmentadas.


 
Resultaría un vano y complicado intento tratar de definir  el filme Mejor que antes, del realizador ecuatoriano Andrés Barriga. Unos dirán que es un documental; otros que un ejercicio experimental de estilo, bastante postmoderno y lleno de referencias culturales. Y no faltará quien lo etiquete como un “docudrama”, término horroroso que se usaba hace unos años para designar aquellos trabajos que tienen componentes de documental y de pura ficción.

Pero nada de lo dicho bastaría para tratar de explicar una historia híbrida, llena de silencios, donde dos de sus más logrados aciertos son la fotografía perfeccionada, perfeccionista, de Diego Falconí, y la música compuesta por Nelson García, que suple la  ausencia de diálogos.

¿Qué es Mejor que antes? Digamos primero lo que no es. No es un filme de ficción al uso, de narración lineal, empeñado en mostrar postales falsas y edulcoradas de la modernidad, como la olvidable Retazos de vida, ni tampoco una historia tan diáfana y entrañable como, por ejemplo, Qué tan lejos. Mejor que antes es una mirada a la “ecuatorianidad” (qué palabra tan fea, pero no hay otra) desde una supuesta mirada de siglo XXI a la figura y al pensamiento de Eloy Alfaro.

Los primeros minutos (de sus 90 totales) pueden resultar tediosos para el no cinéfilo, con esos guiños al cine mudo, con la intercalación de recreaciones fílmicas en sepia del viejo general y su familia y que pretenden ser el hilo conductor de un trabajo que, queriendo abarcar tanto (algo loable y valiente) se dispersa como los fogonazos en cierto tipo de proyectiles.

Intentar hablar de cómo son los ecuatorianos, en general, y de qué han perdido, en teoría, al faltar las ideas de Alfaro es al menos tan pretencioso como lo fue para el doctor Freud hablar de “las mujeres” sin entender que cada una de ellas es un mundo. Y bastante complicado.

Es por eso que lo más luminoso de Mejor que antes, que debió haberse llamado ¿Mejor que antes?, para acentuar la ironía de lo que se quiso decir, viene cuando se aleja de esa obsesión “historicista”, reflejada en la figura de esos colegiales que recitan, como loritos, parlamentos escritos para ellos por el guionista, poco creíbles  en niños de su edad y formación. 

En cambio cuando Barriga y su equipo se lanzan a contar esas historias fragmentadas, “mínimas”  pero llenas de humanidad, el espectador lo agradece. La de la niñita migrante es conmovedora. Mientras ella, con toda su inocencia, viendo nevar desde su ventana, le va enumerando al camarógrafo invisible todas las formas posibles de reciclaje que hay en su casa europea, a uno se le encoge el pecho. Cuando ella reafirma: “Y esto se lo digo porque allá en Ecuador no hay”, no existe  malicia, y sí un ejemplo de reinserción  en otra cultura.

También están muy bien logradas las escenas donde un Juan Cuvi sereno, sin odios, reconstruye la época de Alfaro Vive Carajo, sus temerarias acciones y las sesiones de tortura a las que fue sometido en una piscina, narradas  con la naturalidad del que se va de camping.

También hay, cómo no, un juego sutil  con los múltiples significados de las palabras, que no se escuchan, pero se leen. ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Qué quieres?, ¿Qué eres?... Son interrogantes que no se contestan, ¡imposible!, pero forman parte del juego propuesto.

Un juego que, en más de una escena, se sale de las manos y aburre. Demasiadas elipsis, mucho espacio entre historia e historia, e insufrible la parte de los “pioneritos” recitando la vida de Alfaro. Eso sin contar que las tomas finales -impecables, aéreas- de Quito y Guayaquil sin un remate más redondo, hacen pensar en si los realizadores sabían  para dónde iban.

El grado de experimentalidad no atosiga, como en Black Mama (donde se la fuman verde), pero lo etéreo de la puesta en escena, sí. De cualquier manera mucho Mejor que antes. Quiero decir que los otros “retazos”, aquellos que se decían de vida y eran de pura cursilería.
David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día