Tomada de la edición impresa del 11 de julio del 2008

Nueva York: un invento genial de Woody Allen

Woody Allen y Mariel Hemingway en una escena de Manhattan, de 1979, cinta nominada a dos premios Oscar. |  FOTO: WWW.CINEMOTION.NET

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Woody Allen y Mariel Hemingway en una escena de Manhattan, de 1979, cinta nominada a dos premios Oscar.

Datos

Dirigida por: Woody Allen

País: Estados Unidos

1979

Escrita por: Woody Allen y Marshall Brickman

Intérpretes: Woody Allen, Diane Keaton, Michael Murphy, Mariel Hemingway, Meryl Streep, Anne Byrne.

Intérpretes: Woody Allen, Diane Keaton, Michael Murphy, Mariel Hemingway, Meryl Streep, Anne Byrne.

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Ochoymedio (Quito) presenta hoy Manhattan, una de las películas más importantes de Woody Allen.


 
Woody Allen (su trabajo, su talante como artista) representa una ejemplar resolución del problema que el crítico literario Harold Bloom llamó “la angustia de las influencias”. Es decir, cómo desmarcarse de los autores que han resultado una inspiración, sin desecharlos. Cómo instaurar un discurso propio, a pesar de esa “genealogía” a la que se pertenece. La obra de Allen es, quizá, la más intertextual de la cinematografía y, al mismo tiempo, una propuesta exclusiva y única por su marcada singularidad.

En términos del oficio en el que este pensador (sí, pensador) ha decidido gozar y padecer –es decir, vivir-, se advierten tres pilares sobre los que dicha propuesta se sostiene: Ingmar Bergman, Federico Fellini y los hermanos Marx; combinación que permite un ajuste entre las hondas reflexiones respecto de lo humano y sus entresijos, entre  la representación de espacios, por ejemplo, académicos, y  los elementos de la cotidianidad urbana, de la cultura popular y del humor. A Allen le da lo mismo un juego de los Knicks que la recepción organizada para agasajar a un afamado escritor, y probablemente prefiera lo primero.

Por otro lado, se trata de un artista –a pesar de que últimamente ha estado filmando en otras partes del mundo- siempre vinculado con su ciudad de origen. Ciudad que, por ser locación de encuentro entre lo mejor y lo peor de la civilización capitalista, ha sido llamada “terruño poético”. Ciudad que encandila. Que cautiva salvajemente. Como Martin Scorsese y Spike Lee, Woody Allen es un etnógrafo de Nueva York.

Mejor dicho, de una parte de Nueva York: la clase media intelectual, particularmente, en la que hombres y mujeres hablan de arte y acuden al psicoanálisis freudiano. Clase que Allen sabe retratar bien – a veces caricaturizar-, y en la que encuentra/inventa siempre un personaje femenino a la medida de su neurosis, una de esas “mujeres kamikaze”, como él mismo las llama en “Maridos y Esposas” (1992).

 “Manhattan” (1979), gema que el Ochoymedio presenta hoy, concilia y funde todas estas señas particulares. Además, sus rasgos técnico-estéticos responden a un nivel de ejecución memorable. El método regentado por Gordon Willis –director de fotografía-, por ejemplo, aquel de “ubicar” estratégicamente lagunas de luz (como había hecho en “El Padrino”), obtiene aquí notables resultados. La interpretación de Diane Keaton sugiere que se encontraba en su mejor momento (ya había ganado, en 1977, un Oscar por Annie Hall, del mismo director). Indica que a Allen, el viejo "recurso" de hacer de la amante y la actriz fetiche una sola, le estaba dando réditos dramáticos. Y allí está, también, Mariel Hemingway, delicada Lolita, cuyo papel es un augurio de lo que ocurriría después en la vida del realizador –eso de casarse con la hijastra-, augurio que confirma el carácter auto-referencial de su cine.

El repertorio de técnicas y tácticas narrativas formales  generalmente utilizadas por Woody Allen, es deudor de las viejas películas europeas, como él mismo ha reconocido. Para “Manhattan”, tomó la audaz decisión de rodar, por primera vez en su carrera, en blanco y negro –sacándose así la espinita, pagando la deuda-, fiel a sus certezas y en detrimento de los objetivos comerciales (¡en Hollywood!). Sin embargo, a la película le fue muy bien en taquilla y crítica, debido fundamentalmente a la extraordinaria dramaturgia propia de su director, una forma de escritura que esboza con destreza una anécdota general, pero que se hace fuerte cuando pone a los personajes a “contrapuntear” con diálogos llenos de “chispa”.        

En “Manhattan”, parece quedar clara una de las tesis que Allen planteó recurrentemente, cuando a finales de los setenta, tras sus primeras comedias, su trabajo se mostró más maduro y complejo: el apego a la cultura no es una  forma de aislarse o ganar estatus, sino de hallar el nervio de la vida, de disfrutarla a pesar de ser, en el fondo, un terrible baile de máscaras. Al final de la cinta, el personaje interpretado por el director hace un inventario de cosas por las que vale la pena vivir: Groucho Marx, Louis Armstrong, las películas suecas, la Educación Sentimental, de Flaubert, las jaibas de un buen chifa y, por supuesto, la sonrisa de una mujer, kamikaze o no. 
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
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