Oriundos de Salitre fueron a las urnas en busca de cambio para su pueblo.
La madrugada arropa con su manto frío a las 38 familias de Herederos Rodríguez, un caserío incrustado en el recinto Rincón Grande, de la parroquia Junquillal, en pleno corazón de Salitre.
En una casa de cemento y caña guadúa, la jornada se inicia a las 4:30 para Jacinto Rodríguez, un campesino descendiente del fundador del poblado y presidente de la asociación montubia 20 de Noviembre.
Jacinto tiene la piel curtida por el sol de los pastizales. Toda su vida ha trabajado sembrando y cosechando arroz. Sus ojos marrones muestran un brillo especial cada vez que observa su tierra, a la que ama como a su propia vida. El cantar de sus gallos le interrumpe el sueño. Se levanta presuroso y da un tradicional “buenos días” a su esposa, que se pone de pie, y enseguida va a la cocina a preparar el café tinto para el desayuno.
El cielo aún está oscuro cuando abandona el hogar. A las 05:00 da de comer a sus animales (21 gallinas y un chancho), monta su bicicleta e inicia el camino hacia la cabecera parroquial.
Hoy tiene una obligación importante que cumplir; tiene que rayar un acta que, está plenamente convencido, solidificará sus esperanzas. “La nueva Constitución nos incluye a los montubios. En Rincón Grande votaremos Sí”, asegura mientras avanza por un camino complicado, lleno de polvo y surcado por plantíos en los que pasta el ganado.
El sol va apareciendo tímidamente, cuando después de dos kilómetros de pedalear el tubo de su vehículo explota. No hay más remedio que tocar la puerta de un desconocido y encargar su ‘bici’. “En el campo no hay desconfianza. La gente es honesta”, dice despreocupado, y dirige su mirada al tramo que aún le falta por recorrer. Junquillal sigue lejos, 6 kilómetros lo separan de su destino.
Un sonido motorizado le devuelve las ilusiones de llegar temprano. Una tricimoto –vehículo mitad triciclo y mitad moto- pasa junto a él y quien lo conduce ofrece llevarlo por cincuenta centavos. El montubio no duda y se embarca junto a otros personajes de sombrero, camisa remangada y zapatos polvorientos.
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de la población del Ecuador está formada por montubios, según el Codepmoc.
El poblado está rodeado de monte. La mayoría de casas son de caña y las calles están desdibujadas. Todas las juntas receptoras del voto se ubican dentro de la escuela fiscal Coronel Carlos Alfaro.
Jacinto hace columna y raya su papeleta. En la mesa 5 de varones es el primero en emitir su decisión, luego declara:
“Todos buscamos un cambio y aunque muchos no compartimos las medidas del Gobierno, al menos nos está tomando en cuenta”. Después se acomoda el sombrero, posa las manos sobre el cinturón y mira a su alrededor. Saluda a muchos conocidos. Todos hablan enérgicamente transformando las efes en jotas.
Vicente Benavides, de 76 años, cuenta que llegó desde Bagatela a las 06:30 para desocuparse rápido porque tiene que volver para ‘solear’ el cacao. “Suerte que estamos en verano, porque si no…”, comenta con gestos sinceros al asegurar que durante la época de lluvias la única manera de salir de su casa es ‘fletando’ una canoa.
A las 09:00 el recinto electoral está lleno. Para Marlon Zambrano, coordinador delegado por el Tribunal Electoral del Guayas, el día se desarrolla según lo previsto. “No hay muchos ausentes en las mesas”, dice al mirar en sus registros y constatar la situación de las 10 juntas receptoras.
En un espacio libre al resplandor de la mañana, Miguel Herrera revisa los papeles que le fueron entregados para que administre la junta 3 de varones. Con el tedio tatuado en su rostro cuenta que lo bueno de esta obligación es regresar al pueblo natal. “Hace 8 años me mudé a Guayaquil, y no hay tiempo para venir. Esta es la única ocasión para ver reunida a toda la familia”, asegura.
Afuera del plantel decenas de vendedores hacen del día su mejor oportunidad. Tortillas de verde, granizados y hasta seco e’ gallina criolla se consumen con normalidad. Algunos improvisan negocios para obtener réditos, como José Sánchez, de 53 años, quien elaboró una mesa y se compró los materiales para plastificar papeles. “Pero no tengo la máquina moderna”, dice Sánchez mostrando una caja oxidada en la que introduce los documentos y los plásticos para calentarlos usando como combustible un puro llamado “pata e’ caña”.